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Tribuna libre

El nacionalismo en la crisis política de Bélgica

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Tanto se habla en España de los nacionalismos que parece interesante echar un vistazo a lo que sucede en otros países de la Unión Europea.

Tanto se habla en España de los nacionalismos que parece interesante echar un vistazo a lo que sucede en otros países de la Unión Europea. Aparte del referéndum sobre Escocia para 2014, Bélgica ofrece datos importantes para situarse en lo que puede significar el independentismo en los próximos años.

Las diferencias políticas entre los belgas son de tal calibre que el Rey Alberto sufrió lo indecible para conseguir un gobierno mínimamente estable después de las últimas elecciones generales. La interinidad batió una auténtica marca en el mundo más o menos desarrollado: meses y meses de reuniones y debates, con el telón de fondo del nacionalismo secesionista, y el firme deseo de la Corona de asegurar la unidad de los belgas.

En las elecciones municipales del pasado octubre, los independentistas de la Alianza Neoflamenca (NVA) ganaron claramente. Aparte del avance en Flandes, venció en Amberes su líder, Bart De Wever, quien inmediatamente llamó al primer ministro Elio Di Rupo, del grupo socialista, y a los dirigentes valones, para negociar un Estado confederal. De todos modos, en Valonia, la región francófona del sur, el Partido Socialista mantiene su preeminencia, con mayoría en las ciudades de Lieja y Charleroi. La capital, Bruselas, se compone de 19 municipios diferentes, con realidades políticas y coaliciones variadas.

Como es natural, el gobierno central no acepta una interpretación global de estas elecciones. Ya se sabe que en los comicios municipales la proximidad de las bases es más determinante que en las consultas generales. En todo caso, aumenta la fragilidad política de Bélgica: en diciembre de 2001, la más larga crisis política en su historia se cerró con un ejecutivo de amplia coalición: seis partidos (tres flamencos y tres valones), de izquierda, centro y derecha.

Pero todo indica que la impopularidad, sobre todo en Flandes, del gobierno del socialista valón Elio Di Rupo debilita la coalición. Una encuesta reciente le califica con 4,4 sobre 10 en Flandes (5 para el conjunto de Bélgica). Y un estudio de La Libre Belgique, publicado el 4 de diciembre, confirma que el 40% de los flamencos le son hostiles, frente a un 30% de indecisos y un 20% de favorables.

A las divisiones clásicas por razón del nacionalismo, se suma el denominador común actual de líderes europeos obligados a asumir planes de austeridad y moderación social, mientras crece el paro, se cierran empresas y no cesa la crisis de entidades financieras. En Bélgica, las dificultades tienen nombres propios de entidad: Ford, ArcelorMittal, Dexia. Pero, como sucede en parte de España, la mesocracia flamenca "no se siente dirigida por este gobierno", y sí, en cambio, particularmente afectada por sus medidas de austeridad. Por si fuera poco, una parte significativa de los empresarios agrava la crisis tildando a Di Rupo de marxista.

Ante las próximas elecciones federales y regionales de 2014, cruciales para el futuro del Estado, las previsiones son más negativas que nunca. La mayoría de los belgas, hasta el 63%, piensa que de los comicios no saldrán soluciones, sino una nueva crisis política. El 55% de los francófonos confían en otra reforma constitucional. Menos mal que la mitad de la población no espera que el país se desintegre: sólo uno de cada cinco belgas baraja esa hipótesis.

A más de un español le resultará familiar la crítica de Di Rupo a la formación omnívora de De Wever: "unas veces a la derecha, otras a la izquierda, tratando simplemente de reunir suficientes escaños para realizar su proyecto: crear un Estado flamenco independiente dentro de la Unión Europea". Insiste en que está por ver el porcentaje de la población de Flandes que se inclinará efectivamente por la división del país. De momento, tres formaciones flamencas (democristianos, liberales y socialistas) siguen apoyando a los tres partidos valones en el gobierno de Bruselas. Pero las cosas pueden cambiar, a tenor del distanciamiento del ministro demócrata cristiano Steven Vanackere, flamenco: la falta de mayoría en Flandes "abre la puerta a una colaboración de su partido con la NVA". En este caso, no se mantendría el apoyo a un valón de izquierdas para dirigir el país.

Entre tanto, otra Bruselas, la comunitaria, tendrá que definir su criterio sobre espacios de países miembros que opten por la independencia. ¿Seguirían formando parte de la UE Cataluña, Flandes o Escocia, en caso de secesión? ¿Deberán iniciar el largo proceso de admisión –con unanimidad de los 27- en el gran club europeo? No basta ya seguir remitiéndose al ordenamiento jurídico de los Estados miembros. Comisión y Parlamento deberían consensuar reglas de futuro claras.

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