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Tribuna libre

Los nacionalismos como deterioro del alma singular (II)

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Cuando asumimos como propios los éxitos de los demás se vive instalado en una ilusión que nos acabará estallando entre las manos.

Cuando asumimos como propios los éxitos de los demás se vive instalado en una ilusión que, como carente de fundamento que es, tarde o temprano nos acabará estallando entre las manos.

En la ilusión de responsabilizarnos de todo tipo de logros ajenos, subliminalmente se encuentra la negación de nuestras miserias así como la necesidad de establecer nuestra valía por comparación. Comparación que se nos presenta como el resultado de un árido diálogo interior que relativiza nuestro mérito en función de los demás.

A tal fin, resulta indiferente si hablamos de deporte, institución académica o logro científico, lo fundamental radica en encontrar una referencia en el ámbito que sea para, por succión de esa panoplia de logros individuales en lo colectivo -la de la nacionalidad- presentarse siempre como un "ser" superior.

En el fondo hay un miedo terrible al fracaso, a la derrota, a asumir que no siempre se puede ser el mejor; miedos que como hijos de la soberbia que son necesitan de la ilusión de ser superior, más cualificado.

Es una forma de cómoda soberbia ya que el individuo no debe esforzarse lo más mínimo en cuanto a su singularidad se refiere, le basta con escoger de la vitrina de trofeos que le brinda su "nacionalidad" el que quiere mostrar para ahogar la inferioridad de su contrincante. En su mentalidad contrincante es todo individuo que no pertenece a su tribu (nacionalidad).

Tal forma de emplearse en la vida encierra, entre otras, varias consideraciones: trata de establecer la valía del individuo por comparación con otros colectivos, la misma se produce en la ceguera que propicia toda soberbia a la par que se manifiesta ajena a la singularidad de la persona, se es diferente en lo colectivo -narcisismo colectivo-, en contadas ocasiones se esgrime lo particular del ser.

Podría ser algo así como que somos mejores -los de mi nacionalidad- que vosotros porque tenemos referentes deportivos, culturales y de organización superiores a los vuestros. De esa forma se sintetiza la comparación por colectivos junto a la visión narcisista de la misma y a la renuncia de la singularidad de quien así se expresa.

No todo nacionalista se manifiesta de la manera apuntada, pero sí que son mayoría, amplia mayoría, los que así se emplean.

Vistas y analizadas de forma separada cada una de las consideraciones anteriores no se nos ofrecen rasgos diferenciados con respecto a circunstancias ajenas al mundo del nacionalismo. Así establecer la valía de uno mismo por comparación no deja de ser un fenómeno de lo más corriente. Su inconveniente consiste en que pone el foco de atención fuera de nosotros; no se trata tanto de lo que somos capaces de hacer en atención a dar lo mejor de nosotros mismos, como de compararnos con mentalidad de escasez.

De idéntica forma ocurre con la soberbia que campa a sus anchas por doquier, así como cualquier tipo de corporativismo que se construye con renuncia a lo singular en el individuo: los abogados somos, los directivos somos, los militarse somos.

Es en la mezcla de las tres circunstancias donde el nacionalista escaso de reflexión encontrará su caldo de cultivo. Y como al fin y al cabo, presumir de lo que podemos encontrar por la nacionalidad anhelada es gratis y sin esfuerzo, pues aquí tenemos instalados a una gran mayoría de ellos.

La cuestión esencial radica en que, obviando el desarrollo de una vida singularmente plena, el individuo será fácilmente manejable por algún político avezado en la manipulación de las masas. La única vacuna posible a tanto desgobierno personal se concreta en dotar al individuo de criterio, pero eso, amigos, es harina de otro costal.

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