Miércoles 13/12/2017. Actualizado 13:45h

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Tribuna libre

Los nacionalismos como deterioro del alma singular

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No hago aquí referencia al concepto de nacionalismo que, como manifestación de un sano sentido de pertenencia a una colectividad, resulta esencial en el ser humano.

No hago aquí referencia al concepto de nacionalismo que, como manifestación de un sano sentido de pertenencia a una colectividad, resulta esencial en el ser humano.

Es en el sentido de pertenencia a una familia, que le entrega amor incondicional, que la persona adquiere conciencia de lo valioso de su existencia. Necesidad de aceptación que con el paso de los años, y madurez consecuente, requiere de expresiones de relación colectivas más amplias. Así el grupo de amigos, de compañeros de club y, como no, de compatriotas, son, entre otros, los círculos de obligada militancia que todo ser humano anhela.

"Soy de y pertenezco a" se nos presentan como formas sinónimas que encierran un deseo latente en el ser humano de ser aceptado por alguien -persona o colectivo- que nos acoja con consideración y estima. Tal es su fuerza que, de no percibirse, se puede concretar en una importante fuente de infelicidad y amargura.

¿Pero cómo nos aproximamos al sentido de pertenencia a una nación o colectividad? ¿Lo hacemos a partir de nuestros talentos y singularidades (lo que yo aporto a la misma) o por contra, cobijamos nuestras mediocridades en los éxitos de otros (lo que la nación nos aporta)? A estos segundos me refiero.

Los españoles somos, los franceses somos... y, como no, los leoneses, catalanes, y vascos somos... ¿Y el que así se emplea cómo se reivindica a sí mismo? ¿No es signo de una manifiesta pobreza de espíritu presumir de lo que nos es ajeno? ¿Qué aporta a un individuo que se jacta de que los vascos tienen fama de personas respetuosas con sus compromisos si el que presume de ello -por su condición de vasco- no lo es?

!Qué distinto resulta manifestarse con sano orgullo de los triunfos de Nadal que asumirlos como propios aduciendo que los españoles somos máquinas jugando al tenis!

El célebre España nos roba de algunos catalanes, parece que entra en pura contradicción cuando quien lo esgrime no trabaja. Lo curioso del caso es que los vecinos de Pedralbes, barrio de Barcelona situado por encima de la Diagonal, podrían pensar -algunos lo piensan- que los vecinos del Poble Sec -situado por debajo- también les roban. Todavía no hay ninguna plataforma que lo reivindique pero todo se andará.

La cuestión fundamental se sustenta en que un individuo que no aporta al sistema -seguramente muy a su pesar- se sienta con capacidad suficiente de esgrimir que le están robando, no en atención a su singularidad -no aporta- sino como componente de una colectividad que se supone que si lo hace. Se niega a sí mismo, queda reducido a un soy en la medida que pertenezco y como pertenezco ya no soy. La necesidad de ser aceptado, de pertenecer a, se transforma en una negación de su singularidad.

Hay nacionalismos que son auténticas máquinas corporativistas; tal es así, que un maltratador, corrupto o defraudador perteneciente a la corporación -nacionalidad- será defendido a capa y espada por el mero hecho de su pertenencia al grupo. Lo sustancial, si lo es, pasa a ocupar un plano secundario: es de los nuestros consecuentemente no lo es.

Así se acaba argumentando que como consecuencia del azar concretado en el lugar de nacimiento, un individuo se puede mostrar como excelente deportista sin serlo, víctima de expolio sin tener propiedad alguna, humano y acogedor siendo soberbio y distante, y así sucesivamente cualidad tras cualidad.

¿Cómo evitar tal despropósito? Con prudencia que es la sabiduría del corazón, y con criterio que, como hijo de un carácter y conocimientos apropiados, debe encontrar en la reflexión la fuente inspiradora de un empleo en la vida acorde con la dignidad de la persona y su singularidad.

Al fin y al cabo cuando nos examinamos somos nosotros y no otros los que merecen el aprobado o el suspenso. Cuando nos enfrentamos a una intervención quirúrgica no lo hacen con todos los españoles sino con nosotros mismos. Cuando triunfa nuestro equipo, ¿cómo no vamos a manifestar alegría?, claro que sí, pero su triunfo no nos hace mejores.

Que distinto resulta el orgullo compartido gracias a compatriotas excelentes en sus registros particulares (todos aportan propiciando un sano orgullo que no se apropia de lo ajeno), al papanatismo derivado de asumir como propios los éxitos, cualidades y bondades de otros que, por arte de magia, se hacen extensivos a todo el colectivo.

Solamente desde una robusta y vital singularidad se pueden formar sociedades sanas. La colectividad que necesite ampararse en la negación del individuo se mostrará siempre enferma. Su mayor logro se plasmará en un individuo sin criterio y por tanto incapacitado para ser libre. De ahí que aunque la sociedad quiera adjetivarse como libre no dejará de ser el resultado de una colectividad incapacitada para emplearse como tal.

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