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Tribuna libre

Los nacionalismos románticos no aceptan el derecho positivo

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Jueces y fiscales destinados en Cataluña abandonan un acto del Colegio de Abogados, delante del ministro de Justicia, ante una referencia del presidente del Parlament a los presos políticos.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Se sintieron ofendidos en su profesionalidad. Ciertamente, no son figuras equiparables en el ordenamiento español desde el punto de vista de la independencia, pero –ya en el tardofranquismo y tras las importantes reformas jurídicas cuando acababan los cincuenta- han demostrado un estilo y nivel propios de la tradición jurídica europea.

Frente a la creatividad de los jueces anglosajones, al aplicar el principio de separación de poderes, en los “continentales” ha prevalecido el sometimiento a la ley. Existe un derecho objetivo establecido con carácter general, antes de cualquier intervención judicial. La misión de los magistrados sería interpretar, cumplir y aplicar las leyes, aquilatando en su caso los límites de la jerarquía de las fuentes, entre las que se pueden incluir –o no- aquellos principios generales del derecho tan trabajados por Federico de Castro: un instituto técnico que, en el fondo, deja una ventana abierta a criterios éticos equitativos –la epiqueya clásica- e, incluso, a exigencias naturales de la dignidad humana.

El imperio de la ley, desde la Ilustración, vendría a reflejar la existencia de un pacto fundante unido a la voluntad general, que prevalece sobre deseos o intereses particulares. El todo se impone a la parte. No faltarán luego retoques en línea, por ejemplo, del principio de subsidiaridad tantas veces invocado en Bruselas. Pero la primacía está en la ley común, elaborada por la mayoría, para garantizar la seguridad jurídica del conjunto, sin perjuicio de establecer normas que protejan los derechos de las minorías.

Por esas paradojas de la condición humana, el positivismo jurídico presente hoy en todas partes, debió ganar la batalla al romanticismo del siglo XIX. La exaltación del individuo y de su identidad personal y comunitaria casaba más con tradiciones medievales que con la idea del progreso perenne e irreversible de la razón...

Aparte de los conocidos movimientos sociales derivados de la primera revolución industrial, el XIX fue tiempo de rebeldías románticas contra el predominio de la razón absoluta del Estado sobre el ciudadano. Fue una de las inspiraciones de los nacionalismos, con su peculiar versión española en las guerras carlistas. No es casual quizá que estas últimas conocieran máxima visibilidad en zonas en las que, con el tiempo, crecieron los nacionalismos contemporáneos.

Europa se ve hoy atravesada por otra ola, con ciertas raíces románticas, que afirma la identidad nacional hasta extremos radicales. No es tanto un movimiento creativo, cuanto reacción ante miedos colectivos: la limitación de la soberanía del Estado por la “invasión” de las instituciones internacionales, o simplemente, el “miedo al otro” (el emigrante, el refugiado, el solicitante de asilo).

Por paradoja, se rechaza una internacionalización, que libera a los ciudadanos de los márgenes estrechos determinados por el arcaico concepto de soberanía (absoluta, aun democrática). No se acepta el principio innovador de la soberanía compartida. En la edad media, gracias a fueros liberadores del feudalismo, el aire de la ciudad hacía a los hombres libres. No fue sólo defensa de intereses económicos el levantamiento de los comuneros de Castilla: intuían quizá nuevos tiempos de absolutismo con pérdida de libertades, como sucedió en toda Europa tras la Reforma, también por la imposición del emblemático criterio del cuius regio eius religio...

Comprendo la protesta de los jueces, y espero que no se lancen a la vida pública y sigan hablando sólo en autos y sentencias. Porque los nacionalismos viscerales han mostrado esa raíz romántica que rechaza la aplicación de las normas objetivas, salvo que sean las suyas. Ese origen se refuerza, además, con otro fenómeno social más reciente: el crecimiento de la intolerancia contra la discrepancia, que transforma a víctimas de discriminaciones en verdugos de quienes se atreven a pensar y manifestar la diversidad.

Apenas son esbozos de un gran lienzo. Pero muestran la necesidad de no escatimar esfuerzos para reconstruir generosamente la idea de Europa lanzada por los padres fundadores a mitad del siglo XX.

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