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Tribuna libre

El nuevo año acelera el debate sobre la globalización

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No es nada original referirse a las contradicciones culturales de los sistemas dominantes en el mundo actual, un modo ya clásico de aproximarse al entendimiento de lo que sucede.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Pero, en estos momentos, cuando acaba de celebrarse una nueva edición del Foro económico de Davos, se siente la paradoja de una insólita coincidencia: la crisis de la economía globalizada coincide con la práctica desaparición del contrapunto del Foro Social Mundial.

Subsisten en el planeta escandalosas desigualdades, pero no parece que tengan una causa única y menos aún que sea la globalización. Al contrario, bien manejada, ha contribuido a un desarrollo neto de los países menos avanzados, con el consiguiente avance hacia las metas definidas en su día como objetivos del milenio.

Con Donald Trump, Estados Unidos parece volver al viejo lema “América para los americanos”, de infeliz memoria y escaso cumplimiento, por el expansionismo imparable de un pueblo lleno de pujanza, favorecedor del éxito de quienes tienen iniciativa. A pesar de los pesares, Hollywood o el Silicon Valley han marcado la cultura y las realidades sociales contemporáneas. A primera vista, las medidas que promete o va adoptando el nuevo inquilino de la Casa Blanca no tienen mucho futuro, porque no hay aranceles que puedan frenar el avance tecnológico. Menos aún si es competente el Congreso, que no parece estar por la labor, si aceptamos recientes declaraciones de su presidente Paul Ryan.

Tiene su gracia que la líder conservadora del Reino Unido se haya apresurado a acudir a Washington. Sus declaraciones formalmente fuertes contra la Unión Europea celan el miedo al propio declive económico, como consecuencia de una iniciativa poco madura de su predecesor David Cameron. Resulta al menos muy dudoso que pueda volver a Londres con algún rédito, cuando Trump se cierra a sus próximos, como México y Canadá.

En tiempos de políticas proteccionistas, resultó paradójico que el máximo dirigente chino Xi Jinping fuera en Davos el gran defensor de la dinámica de la globalización. Pronto sabremos si se trataba sólo de un farol, o de un intento de poner el parche antes de las heridas que se producirán con la posible guerra comercial dirigida desde Washington. En realidad, China sigue siendo un país –un continente- lleno de contradicciones: no es la menor el giro copernicano de un partido comunista que arrumba la planificación en favor de la economía de mercado, sin asumir las correlativas libertades públicas a las que estamos acostumbrados en Occidente. Basta pensar en la crisis política permanente abierta en Hong Kong, la antigua colonia británica hoy dependiente de Pekín, aún con autonomía, pero decreciente.

Desde luego, cuando se habla de la necesidad –incluso para la salud económica del mundo- de reducir las desigualdades, mediante políticas sociales y fiscales redistributivas, China no puede ponerse de modelo: su crecimiento económico va a la par que el incremento de las diferencias y el nacimiento de una nueva clase de potentados, que extienden su influencia por todas partes (ciertamente, la globalización juega a su favor). Algo semejante sucede con el grave problema medioambiental que padecen los chinos, a pesar de sus promesas en la conferencia de París.

No se sostiene la tesis de que los perdedores de la mundialización fueron los agricultores de los países emergentes y las clases medias de los países desarrollados, como Estados Unidos. A pesar de la deslumbrante riqueza de tantos, que escandaliza –sobre todo, si se olvida que son también los que más contribuyen fiscalmente al bien común-, se ha reducido la distancia entre países pobres y ricos. La utilización de tecnologías, que aumentan las posibilidades de tantos lugares del Tercer Mundo, afecta al posible desempleo en los países desarrollados. Pero, sin duda, éstos tienen recursos más que suficientes para crear nuevos trabajos, como se ha comprobado en las sucesivas revoluciones industriales, aunque la aceleración de la actual no permita obtener con facilidad conclusiones claras sobre el contenido del trabajo en un futuro próximo. No parece que los problemas derivados de la existencia de auténticas cadenas de producción mundial vayan a ser resueltos por proteccionismos nacionalistas.

Aunque parezca un tópico, el futuro depende de la educación. Si el sistema básico está un tanto deteriorado, como muestran los diversos informes internacionales, no sucede lo mismo con el incremento en número y calidad de iniciativas centradas en la formación: tanto en la adquisición de cualidades indispensable para los nuevos trabajos, como para la formación continua o la actualización de quienes sufren el desempleo. La revolución educativa consolidará las grandes ventajas de la revolución tecnológica y atemperará sus inconvenientes. Y, en esto, las grandes Universidades y centros de investigación anglosajones seguirán marcando el porvenir del mundo: el conocimiento humano no admite cadenas ni proteccionismos externos.

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