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La parte resignada de Andalucía

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Las elecciones andaluzas permiten otros análisis, menos coyunturales.


Un artículo de...

Rafael  Gómez Pérez
Rafael Gómez Pérez

Profesor de Antropología Cultural.

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Aclaro que soy andaluz y “lo tengo muy a gala”, como canta un fandango, sin necesidad de vestirme de verdiblanco como la sobreactuada Susana. Andalucía fue en tiempos romanos una próspera región que dio dos grandes emperadores, Trajano y Adriano, y otro algo inferior, Teodosio. Pero también fue tierra clientelar: lo de patronos y clientes es made in Roma.

Andalucía siguió siendo clientelar con los musulmanes, además de originar una de las culturas más complejas y bellas de la Edad Media. Fuera ya los moros de la costa, fue repoblada en gran parte con gente del Norte: de ahí vienen los latifundios. Si la cosa hubiera ido de pequeños y medianos propietarios otro gallo cantaría ahora.

Con el proceso de urbanización, el campo se quedó atrás, como rémora, salvo excepciones, por ejemplo, en el sur de Huelva, Granada y Almería. En las primeras elecciones autonómicas, de 1982, ganó el PSOE: en 2015, también. El PSOE es el patrono que cuida el campo como una piscifactoría de votos, alimentando con subsidios agrarios.

La parte no resignada se encuentra en la población de las grandes ciudades y en las localidades más dinámicas de la costa. Ahí es donde obtiene el PP más votos, a los que ahora se suman los de Podemos y Ciudadanos. Cuando Susana dice que el PSOE ha ganado en las ciudades de más de 50.000 habitantes dice media verdad: en casi todos los casos, los votos de PP, Podemos y Ciudadanos superan con mucho al socialista.

Pero por encima del inmovilismo del régimen andaluz Andalucía es una tierra hermosa. Salvo el calor en verano –muy paliado en las espléndidas playas-, el clima es benigno. Hay buenos alimentos. La gente, por lo general, tiene una visión de la vida cordial y detallista, con cierta coña marinera y con un gran sentido de la familia. Hay mucha vida fuera del inmovilismo político. Es eso lo que no entienden la mayoría de los analistas, enfermos de coyuntura. Porque no todo es política.

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