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Tribuna libre

Por un pelo

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Tras las elecciones se produce una situación indeseable: la del aspirante a escaño que se ha quedado a las puertas de conseguirlo.

Hay circunstancias ridículas o desairadas que cuesta mucho remontar a quien las padece. Situaciones de esas ante las que  los más jóvenes dicen eso de ‘¡vaya corte!’ o ‘vaya marrón’.

Hay una situación ‘cuasi profesional’: la de cuarto árbitro. Se mire por donde se mire es todo un trago. Ya de salida, y para hacerse la foto, suelen ir con el pantalón del chándal, siempre están en segundo plano, son una especie de recogepelotas pero con aires de jefecillo y, además, de vez en cuando tienen que aguantar a Mourinho, que se sitúa junto a ellos y, cual mosca cojonera, les va ‘comentando’ las incidencias del juego. La única ventaja que tiene el cuarto árbitro es que cuando vienen mal dadas suele estar situado muy cerca de la entrada a los vestuarios y eso siempre es una garantía.

Tras las elecciones se produce otra situación que no por prevista deja de ser menos indeseable. Es la del aspirante a escaño -bien en el parlamento nacional, en el autonómico o en las bancadas municipales- que se ha quedado sin entrar, a las puertas de conseguirlo y que se convierte en el primero de la lista de los que no han conseguido nada… por un pelo o quizás por cinco o seis votos que, por virtud del señor D´Hondt, han ido a parar a la formación adversaria.

Es lo que se llama quedarse con un palmo de narices democrático o representativo.

Y en las grandes ciudades o en las autonomías con muchos escaños la cosa pasa más desapercibida, pero en pequeñas localidades, autonomías uniprovinciales y, no digamos nada en ayuntamientos rurales, tiene que ser francamente desagradable. En la tertulia, en el bar, por las calles, en el trabajo, si a uno no le dicen nada por prudencia, las miradas tienen que ser como cuchillos afilados en forma de papeleta electoral. Pero seguro que hay comentarios y el ‘vaya mala suerte’ o aquello de ‘mira que ir el catorce y haberos quedado en trece’ y la peor de todas ‘que conste que yo os voté’. Y eso duele y es hasta humillante.

Vamos, que al lado del número catorce de un partido que sólo ha sacado trece puestos, el calvario de Rodríguez Zapatero es un paseo triunfal, porque aquí no queda ni el consuelo de las primarias, ni el congreso, ni en todos esos pueblos de Dios hay un Rubalcaba o una Chacón o quién sabe si un Bono que echarse a la espalda.

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