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El plagio fecundo

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Se ha montado una escandalera cultural porque resulta que unos cuadros de Bob Dylan tienen semejanzas grandes con varias fotografías de autores conocidos.

La satisfacción general de haber descubierto una faceta hasta ahora casi inédita del cantante como pintor se ha visto aguada por el chasco de haberlo sorprendido también como presunto plagiario. Y sí, cotejadas varias de las pinturas que integran «The Asian Series» con las instantáneas que les han servido de modelo, no cabe sino concluir que a Zimmerman solo le ha faltado el papel cebolla. ¿Anatema?

Hay gente a la que, antes de enterarse, le gustaban los cuadros, pero claro, ya no. Que menuda estafa. Que menuda jeta. Los responsables de la galería Gagosian de Nueva York, donde se muestra la colección, han hecho el cortafuego rápido, declarando que lo importante es la expresividad de los colores y las texturas, aunque haya similitudes en los motivos y en la composición. Todo este asunto tiene un lado incluso entretenido, por lo volubles y lo gansos que podemos llegar a ser.

Con la exposición, a un Dylan poeta, a un Dylan músico, venía a añadírsele un Dylan pintor. La magnitud de su genio se acrecentaba con el ejercicio de otra más de las artes. Su leyenda crecía hasta alcanzar dimensiones casi sobrehumanas. Ante esta condición poco menos que demiúrgica otorgada sobre todo por sus seguidores, no cabía siquiera el atisbo de que el creador pudiera no operar desde la originalidad absoluta. Y han sido precisamente sus seguidores quienes han hallado la traza y han dado la alarma: humano es. Plagia.

Esta expectativa frustrada de una genialidad sin límites es el origen profundo de la polémica, por lo demás bastante alicorta. Hay quien se enfada porque los episodios que representan las pinturas pueden no haber sido contemplados por Dylan durante su periplo asiático, dado que ya aparecían en las imágenes de los otros autores tomadas como modelo. ¿Ese factor externo resta valor pictórico a su obra? De ningún modo. Como mucho, le quitaría valor anecdótico a una biografía suya que los considerase fuente documental.

Además, el término «plagio» se está usando muy alegremente. Ignoro qué grado de conciencia tenía Dylan de que alguien podía desvelar su presunto saqueo, pero ¿le suponemos tan idiota como para basarse en fotografías nada menos que de Cartier-Bresson o de Busy, figuras conocidísimas, someter esas evidentes reformulaciones gráficas –copias, si se quiere– a la contemplación de millones de espectadores variopintos, entre los que se hallan varios miles de críticos de arte pesquisidores, siendo Dylan quien es, y aun así creer que nadie se va a dar cuenta de nada? Yo esa idiotez no la concibo, y en quien nos ocupa, menos.  

Si a pesar de todo queremos seguir considerando su obra un plagio, habrá que añadir dos apostillas importantes. La primera, que sería un plagio relativo, a medias, de contenido pero no formal. La fotografía y la pintura emplean técnicas diferentes, lenguajes diferentes, y el autor ha tenido que trabajarse cada cuadro, mancharse lo mismo que si fuese de su entera invención (caso distinto hubiera sido contar con un «negro» pictórico, y luego pasar de matute el producto como original; ahí la controversia estaría justificadísima). Por otra parte, en la práctica este supuesto plagio ha beneficiado a todos: a Dylan, a Busy, a Cartier-Bresson, a los otros fotógrafos, cuyas obras se revisan compulsivamente. Mayor fecundidad no cabe.

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