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Cuando fui portugués

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Portugal era la veneración por el pasado hasta su perpetuación, el olor de la cocina familiar y ese otro olor –irresistible- de la cera sobre los muebles viejos.

Era tan joven que era muy delgado y podía ponerme esos pantalones de montar que –por así decir- no saben guardar ningún secreto. Estaba en Portugal. Mis padres me habían mandado a pasar un mes allí, con un plan lectivo que incluía jugar al golf por la mañana y montar a caballo por la tarde. Mientras tanto, aprendía portugués: en realidad, supongo que era un jovencito con dolencia estética que buscaba una salvación a los siglos XX y XXI en esa elegancia portuguesa de casas encaladas, azulejería antigua, costumbres populares pero no plebeyas, silencio, empedrado y tradición. Portugal era la veneración por el pasado hasta su perpetuación, el olor de la cocina familiar y ese otro olor –irresistible- de la cera sobre los muebles viejos. Portugal era hiedra y tiempo, el farol amarillo de una calle y la tertulia inmóvil de los gatos. No olvidemos el deporte nacional de mirar por la ventana.

Allí celebré tres cumpleaños –“parabéns para vôcé, nesta data querida”-, sumergido en el cilantro de la edad de la exploración, y afecto a esa repostería de contundencia tan dulce, cuyas recetas exigen por principio, para cuatro personas, cuatro docenas de huevos. Años después, nada me gustaría más que saber de la popularidad de las ciruelas de Elvas en el eje de Oxbridge, pero tanta gravitación y tanta presencia del pasado como ofrecía Portugal eran la mejor coartada para desdeñar el mundo. A lo largo del tiempo, he escuchado a gente que dice que en Portugal se siente como en casa: a mí, en cambio, lo que me gustaba era pasar la frontera y ver que cambiaban hasta las verduras de las huertas. Por supuesto, el orgullo de amar, el amor a un objeto que nos devuelve nuestro reflejo mejorado, no deja de ser una pasión de la inmadurez.

Portugal satisfacía todas las exigencias en materia de melancolía heroica. Hay juventudes así, y uno podía envenenarse fácilmente de literatura portuguesa: tan cercana y tan lejana, cabía memorizar los versos de alegría heroica de Camoens o beber el vino blanco y marino de Bucelas –delicioso- con los personajes de Eça de Queirós. Soñaba entonces con habitar una de esas quintas ruinosas, de belleza superior al mundo, que suelen habitar inglesas o alemanas medio locas con afición al aguardiente y la acuarela. Esas quintas están ya despintadas pero mantienen la gracia de un tejadillo de recuerdo asiático, ventanas de madera y no de PVC, una imagen del bendito San Antonio. Portugal era el amor que no se dice porque dice mucho de nosotros, un guión de belleza practicable para la vida, una belleza que no estaba hecha de idealismo y absoluto sino de postigos con macetas y mármol sólo pulido por el tiempo. Para otros las bellezas evidentes, las casas del canon de las revistas, los paisajes dramáticos: en Portugal importaba más la gracia que la belleza, o al menos se redimía la belleza con la humildad y con el secreto como timbre del honor. Allí atraía ir a tomar café como quien se encoge de hombros y ver la caída de la tarde con el propósito de no sacar ninguna conclusión: lluvia en el campo, nevoeiro, zapatos embarrados y hojas muertas para resguardarse el alma en el otoño. En cualquier caso, no fingir ser portugués sino vivir como los ingleses en la India. En esa quinta me hubiese entregado a una dieta de silencio y de verduras y me hubiese dedicado a cualquier erudición no convencional: a mantener correspondencia con coleccionistas de rosas, por ejemplo. Como tantos letraheridos de hoy, uno quizá confundía lo pequeño y lo exquisito, pero había algo significativo en que la hermosura portuguesa se dijera siempre en voz muy baja: ajeno a la aprehensión del carácter nacional, cabía amar las materialidades del día a día, de las tazas de café –incluso para el aperitivo- a esa cena multisecular de bacalao con judías verdes y patatas. Al fin y al cabo, como país, Portugal permitía decirlo todo en miniatura: la casita, la placita. Permitía incluso fumar los cigarrillos mejor nombrados de la tierra – Portugués Suave.

En aquel verano de hace más de diez años, recuerdo que cada tarde podía escuchar el diálogo de cumbre a cumbre de una ermita y dos castillos, al tiempo que hacía el Pla con un anciano de la quinta que había sido en tiempos contrabandista de café. Me pasmaba de que la gente no tuviera más pasiones que las pasiones reales de antaño por la caza y los caballos. Luego, el golf cerraría por una escandalera económica causada por uno de los últimos gobernadores de Macao, y hoy uno puede subirse a un monte y ver las ovejas pastando por el green, como si el siglo XXI se empeñara en reproducir un cuadro vivo de Poussin. Esa es otra belleza que pervive, aunque el amor se resintiera del marketing masivo de la melancolía de Lisboa y de las voces y las risas de las poetisas españolas de izquierdas que aturdieron el silencio sin costuras de sus barrios. Por supuesto, esas cosas son de poco peso cuando uno ve una fuente alegórica del descubrimiento de la Guinea, o cuando alza los ojos para comprobar que, de todas las calles de este mundo, estamos en la Rua da Misericórdia.

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