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Tribuna libre

Es posible ser justos

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El hombre se perfecciona en la medida en que se intenta acercar a la elevada dignidad de su propia persona y se esfuerza en actuar como tal en cada una de sus obras.

Ahora que quien más quien menos hace algún tipo de balance y recupera fuerzas, o se prepara ya para el nuevo curso, puede ser ocasión estupenda para pensar cómo construir una sólida y duradera convivencia, cómo conseguir un verdadero y justo progreso, desde cualquier ocupación profesional o actividad ciudadana. Para ello, huyendo como me piden de utopías y quimeras, creo que hablar sobre el respeto a la integridad personal, propia y de los demás, es imprescindible.

Como decía Sócrates: “cualquier injusticia perjudica más a quien la comete que a quien la sufre”. Palabras fuertes y desconcertantes pero que vale la pena tener en cuenta. Y es que urge, en nuestros días y siempre, exigir a los gobernantes y colaborar todos para crear un clima de convivencia donde impere una verdadera justicia. 

Y, en muchas ocasiones, ya se ve que deberemos estar en guardia para evitar también la lesión moral, en la raíz, a personas que al verse sometidas a estructuras de corrupción, de falta de libertad o desconocimiento de la realidad, podrían verse arrastradas a provocar o sufrir situaciones injustas.

Por eso, vale la pena recordar que quien con su obrar vulnera la dignidad de otros, en realidad se autodestruye como persona, ya que con ese mismo obrar va en contra de lo que realmente significa ‘ser’ persona.

Reconoceremos que hay también una dignidad moral que se auto-construye con el quehacer de cada día. Este es el gran reto de la humanidad de ayer y de hoy, esta es la gran esperanza: El hombre se perfecciona en la medida en que se intenta acercar a la elevada dignidad de su propia persona y se esfuerza en actuar como tal en cada una de sus obras.

Esta labor de cada uno hace mejorar el ambiente llenándolo de humanidad. Es una tarea cotidiana, que no se toma vacaciones, propia de un paciente artesano, a menudo con pequeños y escondidos detalles de entrega y servicio a los demás.

Necesitamos, pues, animarnos unos a otros a buscar prosperidad y paz, con plenitud de dignidad, superando individualismos y relativismos egoístas. Es por todo ello que nos urge evitar que ningún partido se adueñe de las estructuras del Estado, ni imponga desde ellas su ideología, pues eso nos llevaría al totalitarismo, al interés político sectario como dogma absoluto.

Pero, para eso, nos sobran autoridades que blasonan de eficaces cuando sólo se han preocupado de obedecer consignas partidistas, en muchos casos lejos de todo rigor y contrarias al interés general de los ciudadanos.

 Nos sobra tanta ideología, buenista las más de las veces, o de frases hechas y de sentimentalismo rencoroso, que se impone a la gente para condicionar su pensar y su hacer, incluso con la exigencia de una adhesión visceral y absoluta.

En todo caso, frente a “propaganda, propaganda, propaganda”, presentemos “criterio, criterio, criterio”. Y, me dirán ustedes, ¿eso cómo se concreta? Pues con pasión por la verdad y la justicia, en todos los aspectos de lo privado y de lo público. Serán como un sutil hilo conductor, un artístico telón de fondo, una reconfortante música ambiente, un fino condimento para un buen plato: Una garantía de excelencia.

¡Que en eso estemos todos!

Nota: Desde la maravillosa y fresca cornisa Cantábrica, mi impresionable y mediterránea visión meteorológica –ya me disculparán- me hizo hablar en la columna anterior de un lluvioso agosto, cuando hay muchos lugares de nuestro país donde todavía no ha llovido nada en este mes. ¡Rectifico! Y de paso les animo a visitar este Norte nuestro tan acogedor y majestuoso, con lluvia y sin lluvia.

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