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Tribuna libre

La preocupación pastoral del Papa Francisco

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El afán pastoral de Francisco, que tiene los pies en el suelo, no supone que no cuide con rotundidad los aspectos doctrinales en toda su integridad.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Siempre que en el ámbito de la Iglesia Católica se escribe, se dice, se analiza o se informa en torno a la familia, el amor o el matrimonio, los asuntos que trascienden y que parecen preocupar, son el divorcio, las anulaciones, la homosexualidad, la pederastia o la situación eclesial de los divorciados vueltos a casarse.

No deja de ser paradójico que cuando se habla, por ejemplo, de ‘la alegría del amor’, lo que parece interesar es precisamente el desamor y los matrimonios fracasados, y que cuando de la familia se trata, la atención se centre en la destrucción de la convivencia o en las crisis y problemas por los que pueda atravesar la institución.

Por eso no extraña que, ante documentos como la Exhortación Apostólica ‘La alegría del amor’, recientemente publicada por el Papa, lo más relevante de cara a la opinión pública sea el asunto de si los divorciados que se han vuelto a casar, están o no están excomulgados o si pueden o no pueden participar en los sacramentos.

Francisco es ante todo un párroco - ahora lo es de toda la Iglesia-, con los pies en el suelo, muy a ras de calle y evidentemente preocupado por la pastoral, lo cual no quiere decir, como deja patente en el documento, que no cuide con rotundidad de los aspectos doctrinales en toda su integridad. Ni ha habido cambios doctrinales ni el Papa ha hecho más que recoger, prácticamente íntegras, las conclusiones del Sínodo de la Familia que, como siempre se dijo, no ha sido un Sínodo doctrinal sino pastoral.

Dedica el Papa solamente uno de los capítulos -de un documento de casi trescientas páginas- a las que se denominan situaciones de dificultad, al tiempo que temas como la formación y preparación para el matrimonio, la atención a las nuevas parejas, el amor en el matrimonio, la atención a los hijos, la vida en común, la fecundidad del amor, la pasión del amor o la espiritualidad matrimonial y familiar, constituyen el eje y el núcleo de todo el documento.

Se caracteriza Francisco por su intención –hasta el momento más que conseguida- de que nadie le marque la agenda, que nadie le diga de lo que tiene que hablar y que nadie le imponga los asuntos a tratar. Habla de lo que cree importante y en este caso lo ha vuelto a hacer.

Naturalmente que esas llamadas situaciones ‘irregulares’ preocupan, y mucho, al Santo Padre que alude explícitamente a la acogida que la Iglesia tiene que dar a las personas que atraviesan por ellas, pero sin olvidar que lo que hay que pastorear es la familia con sus altibajos, sus momentos difíciles o sus circunstancias más o menos problemáticas.

Por eso, Francisco ‘ha puesto a trabajar’ a obispos y párrocos en lo que denomina ‘acompañar, discernir e integrar’. Un Papa-párroco que defiende la doctrina y que, como pastor, se preocupa de la realidad, aunque esa realidad no sea la que tiene más morbo de cara a la opinión pública.


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