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Mi primer bar - 'El mundo de la aceptación' - 'La lectura de los poetas y la contemplación del cielo'

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No elegimos los lugares; son los lugares los que nos eligen, o es el dedo de Dios el que nos guió en la tarde de lluvia a ese soportal y no a ese otro, a aquel bar donde esperamos los cinco minutos de un café mientras el humo se abraza con el aire …

No elegimos los lugares; son los lugares los que nos eligen, o es el dedo de Dios el que nos guió en la tarde de lluvia a ese soportal y no a ese otro, a aquel bar donde esperamos los cinco minutos de un café mientras el humo se abraza con el aire y nos comprobamos sin mucho meditar en el espejo de la botillería. En mi primer bar fumé –fumamos- con la fe bulímica que en la adolescencia uno pone en el fumar. Mi primer bar pudo haber sido el de un poco más arriba, el de un poco más abajo: ahora está uno en la edad en que parece mentira haber tenido quince años pero a los quince años –recuerdo- uno es un ser sin defensas, sin criterio, acostumbrado a esas cafeterías a las que las madres nos llevan a merendar después del médico. El primer bar tenía los vidrios oscuros, emplomados, maderas graves, severos surtidores de cervezas y –gracias al cielo- grabados de caballos: por fuera sugería secretos, peligros, adulterios, las insinuaciones de una vida adulta, con hombres con traje y mujeres que fuman. Fue por algo –naturalmente- que lo elegimos. Es curioso: tuvimos un bar antes que una ‘gillette’ pero no he de ponerme muy sensible: al fin y al cabo, a uno de nosotros le llamábamos Moustache.

El primer bar estaba al lado del colegio y no era raro encontrarse a un profesor que –con toda la sabiduría de este mundo- pasaba el recreo tomando un brandy como quien acuna a un niño. Treinta o cuarenta años en el mismo lugar le habían conferido al bar un aire patrimonial en ese barrio de urbanismo apresurado, con calles que forman un campo semántico –Pez Volador, Sirio, Cruz del Sur- y mucha familia de supernumerarios. Éramos demasiado jóvenes como para tomar algo más que café y con el tiempo daríamos el paso hacia otro lugar donde descubrir el otro lujo adulto del aperitivo, sorbiendo como una maravilla de maravillas el vermú de grifo que hoy arrojaríamos a los perros. Me acuerdo de los nombres de la muchachada, los releo en el álbum abarquillado que nos dejó el tiempo: Tochy, Roca, Rostra, Bernie; resulta pavoroso pensar que nos acercamos a los treinta y que ninguno de nosotros tiene secretaria. Ni siquiera patrimonio.

Días atrás he vuelto al primer bar, diez, doce años después: ni siquiera sabía si el bar estaba vivo pero, al trasponer la puerta, me acordé de aquella epístola de Séneca a Lucilio: “Después de mucho tiempo he vuelto a ver tu Pompeya y he vuelto a vivir los días de mi juventud…” Sí, luego ha habido bares mejores y peores pero el primero será la arqueología de una vocación o de una formación, de una bildung que creció entre las barras y los libros, con más inercia que fe, y que termina cuando nos asomamos a eso que Anthony Powell llamó ‘el mundo de la aceptación’. Por eso hay algún consuelo de paradoja en recordar la adolescencia de colegio católico, cuando –por decirlo con la delicadeza de Hardy- temblábamos como álamos, mirones lejanos de las niñas del Pureza de María, mientras yo me preguntaba si habría alguna mujer peyrógama en el mundo. A las tres y cuarto volvíamos al aburrimiento y al latín: ‘largas horas pasaba el mancebo en la lectura de los poetas y en la contemplación del cielo’. Azorín, siempre. La nostalgia es un engaño pero es que quizá no hubo primaveras como aquellas.

He vuelto la semana pasada al primer bar, al bar que llevaban dos hermanos –Edelmiro y Goyo-, y el bar sigue con sus sillones color vino, con su ambientación doradiza: todavía era un sitio al que daban ganas de entrar, a la hora de complicidad del caer la tarde. No reconocí al camarero de la barra. Pedí una cerveza. Tenían muchas. Me dejé asesorar. Eso suele halagar al camarero. Puse el móvil, la cartera, sobre la barra: me instalé. El camarero me trajo una cerveza rubia y estupenda –una cerveza rubia y con los ojos azules, casi. Respiré precisamente con grata aceptación. Fue entonces que apareció uno de los dos hermanos y le volví a dirigir la palabra después de diez, de doce años, desde una adolescencia a un final de juventud.

-        Yo me acuerdo de usted -le dije-,  pero usted no se acordará de mí.

-        Claro que me acuerdo. No has cambiado nada.

Quizá, en el fondo, tiene algo de razón.

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