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Tribuna libre

La prosa de Muñoz Molina

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Si lo que cuenta principalmente es la solvencia probada en el oficio de escribir, Muñoz Molina tiene méritos de sobra para el reconocimiento que ahora se le otorga.

Un premio literario está bien dado si el fallo se sustenta en una escritura sólida. Cualquier otra consideración es extravío, en el sentido de que se descamina de lo esencial. Claro que podría no haberse concedido el Príncipe de Asturias a Muñoz Molina. ¿Motivos? Los que quieran aducirse: no faltarán argumentos para optar por otro candidato. Ahora, si lo que cuenta principalmente es la solvencia probada en el oficio de escribir, este autor tiene méritos de sobra para el reconocimiento que ahora se le otorga. Con ser primordiales, dejo aquí a un lado sus aportaciones como intelectual atento a la realidad multiforme. Me centraré en los valores de su prosa.

Simplificando, se puede tomar como referencia una tracción figurada para establecer tres tipos de escritura. En primer lugar está aquella con cualidad pétrea que obliga a arrastrar los ojos por los renglones como quien arrastra una pila de adoquines. Con esfuerzo heroico se avanza poco a poco párrafo adelante y es preciso enjugarse el sudor a cada página. En segundo lugar está la escritura que no supone un peso muerto pero tampoco tira de uno, con lo que voluntad y lectura se acompasan. Por último hallamos ese tipo de escritura que vuelve a desequilibrar la relación entre lectura y voluntad, pero con un signo opuesto al del primer caso. En este no hay que hacer fuerza para continuar, sino para detenerse. Qué tarde se ha hecho, y mañana suena el despertador a las siete, y no hay manera de cerrar el puñetero libro. Ahí está Muñoz Molina.

La suya suele ser una prosa caudal, de periodo amplio, pero nunca tanto como para rebasar la cota de lo inmediatamente inteligible —algo que, por ejemplo, ocurre a menudo en las crecidas sintácticas de su colega Javier Marías, que obligan a dar marcha atrás—. Ese fraseo abarcador discurre con un ritmo demorado, solemne a veces, y ello sin grandes alardes a la vista. Porque otro rasgo de la prosa de Muñoz Molina es una brillantez que acaso no deslumbra, basada no en los fulgores intensos de la forma —ni audaces metáforas ni insólitos vocablos—, sino en una precisión tan extrema que sorprende. Leyéndolo, uno tiene la sensación gozosa de que no es posible seleccionar de modo más exacto las palabras para que expresen pulcramente aquello a lo que el autor quiere referirse. Y además, su capacidad de observación le permite descender del panorama general al detalle más recóndito, sea en la descripción de un objeto o en la de un estado de ánimo.

Por estas cualidades Muñoz Molina es un grande de nuestras letras. Ateniéndose a un criterio estrictamente literario, el premio que acaban de darle tiene plena justificación. O al menos eso me parece.

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