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Tribuna libre

El púber de la Moncloa

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Zapatero todavía practica un humor tosco pero yo creo que es un diamante por pulir. Sus gracias conservan demasiadas señas de inmadurez, sobre todo por su carácter no selectivo.

Se distingue a un buen artista de uno malo en que el primero es capaz de guardar sólo alguna de sus obras, mientras que el segundo sólo es capaz de tirar alguna de ellas. En el mundo de la comedia, el buen cómico desprecia la mayoría de sus gracias, mientras que el mal cómico quiere soltarlas todas una tras otra, creyendo que así aprovecha hasta la última gota de su talento. Lo más importante de tener talento no es tener talento, sino saber filtrarlo convenientemente. Después de un arpista prolífico recién enamorado, no hay cosa más cargante que un payaso con las musas de la inspiración desbocadas.

Es también un problema de criterio. Crecer es lo que sucede mientras vas aprendiendo a callarte. A callarte en general, y a callarte ocurrencias estúpidas, en particular. Al inmaduro se le reconoce en seguida en el cine, porque siempre suelta alguna bobada en voz alta en el momento de mayor intriga de la película. Después se pone rojo y se tapa la boca. Como un niño. En ese instante, la gente se levantaría a apalearlo con entusiasmo si no fuera porque el momento de mayor tensión de la película aún no ha terminado. Si en la sala hay algún otro inmaduro, saltará sobre el primero para recriminarle a gritos haber interrumpido la película con sus tonterías. De modo que el resto de los espectadores tendrán que soportar a dos inmaduros estropeándoles la velada al mismo tiempo. Y tal vez ahí, la masa ya no se conforme con la indiferencia, y decida abofetearlos a ambos. Bravo por la masa.

La adolescencia es una etapa traumática para muchos hombres, precisamente por eso: por la incapacidad hormonal para cerrar la boca. Alguien que no sabe callar a tiempo es como una visita inoportuna, que llega cuando sabe que molesta y luego no se va ni con agua caliente. Por otra parte, hay quienes, en su eterna inmadurez, prolongan su afición al chiste improcedente más allá de la pubertad, y son como esas visitas que vinieron para una cena y se han quedado a vivir, instaladas en lo que un día fue la habitación de invitados. Cualquier pequeño inmaduro de adolescencia, si se mantiene firme en su insolencia a través de los años, puede terminar de adulto convertido en un auténtico bocazas. El bocazas, archiconocido en nuestras tierras, tiene gran habilidad para reírse de los demás, al tiempo que es absolutamente incapaz de reírse de sí mismo.

Sospechan bien. Cuento esto al hilo de lo ocurrido en Oslo. Me abruma el sentido del humor del Presidente del Gobierno. Zapatero bromeando sobre los parados es como la manzana de Guillermo Tell contando un chiste sobre flechas. Cualquiera diría que está el país hecho unos zorros. Si lo que pretende es ingresar en uno de esos programas de monologuistas, no va por mal camino. Mide bien los tiempos de las sandeces y, en general, está al nivel del resto de compañeros de la academia de humoristas del Gobierno. Si acaso, a veces le sobra alguna risita autocomplaciente antes de terminar el chiste, pero no se le pueden pedir peras al olmo.

El mundo del chistoso es muy atractivo, incluso para el político común, que es, junto a la almeja volteada, el único habitante de la tierra sin sentido del humor.Zapatero todavía practica un humor tosco pero yo creo que es un diamante por pulir. Sus gracias conservan demasiadas señas de inmadurez, sobre todo por su carácter no selectivo. Es como ese poeta que jamás tacha un verso, por muy terrible que sea, o como ese pintor que nunca ha descartado un cuadro propio, creyendo que todo lo que hace, lo que piensa, lo que escribe, y lo que dice, es grandioso porque forma parte de su inmenso arte, intrínsecamente sublime. No es narcisista, porque seguramente desconoce lo que significa tal cosa, sino que sencillamente se adora, se ama, se quiere con locura. Es, en definitiva, como ese alumno grandote y repetidor, incapaz de filtrar lo que pasa por su cabeza antes de escupirlo en voz alta, interrumpiendo la clase, y quedando a menudo en el más sonoro de los ridículos. Porque es el ridículo y no otra cosa, la verdadera condena del inmaduro patológico.

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