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Los pupas

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Frente a las imágenes de aeropuertos a reventar, de restaurantes que no reservan si no llamas unos días antes, de carreteras repletas de vehículos nuevos mejores que el tuyo, o de repartidores entrando y saliendo de los portales tras entregar las compras por internet, se alza el insufrible quejido del pupas, que ni ve nada de eso ni lo quiere ver.


Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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No se trata de un problema oftalmológico. El pupas es un sujeto que disfruta con las calamidades, reales o inventadas. Su espíritu quejumbroso le lleva a hacer santo y seña de los más variados infortunios o adversidades, que utiliza como arma arrojadiza frente a quienes considera sus culpables, que siempre son todos aquellos que no comparten sus cenizas ideas. En su peculiar observatorio, las estadísticas se retuercen y no hay noticia positiva que no resulte materia de los más imaginativos falseamientos.

Cada dato del desempleo arrojando resultados esperanzadores, se torna en inmediato recuerdo de quienes aún no han salido de esa descorazonadora situación. Las previsiones macroeconómicas optimistas de las instancias internacionales, cuando no son tildadas abiertamente de falsas, se convierten en espejismos o en simples ejercicios de propaganda por sus artífices, porque el pupas es persona que jamás hace uso de ningún método que no se funde en la objetividad. En la suya, por supuesto.

Cuanto peor, mejor, piensan los pupas. Su caldo de cultivo es precisamente ese, el de predicar a los cuatro vientos la inminente llegada del jinete montando el caballo negro del Apocalipsis. Su demora les saca que quicio, y no digamos nada si lo que asoma es el caballo blanco.

Tú no puedes apreciar con propiedad el color de la cuestión, porque desde la barrera sueles ver toros que no son y que parecen ser”, interpretaba en los setenta un célebre cuarteto en una de las canciones protesta más celebradas por la gauche divine instantes antes de convertirse en gauche caviar. Esta visión distorsionada la padecen hoy un buen puñado de personas que, siguiendo aquel himno setentero, “de vicio criticón, no dan la talla de profesional”.

Los pupas no quieren dar ideas para mejorar, ni para sacar de las dificultades a quienes aún no pueden comprobar en su caso la progresiva mejora que experimentan las cosas, tras el hundimiento producido por quienes ansiaban escrutar nubes. Lo suyo es la cantinela del victimismo, a lomos de la cual pretenden la victoria final.

Unos pelmas de tomo y lomo. 


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