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Tribuna libre

El realismo de Obama fracasa en Egipto

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La política exterior de Obama se ha visto también cuestionada por los acontecimientos de la Primavera Árabe.

Una política exterior realista se caracteriza por la defensa de los intereses nacionales por encima de los criterios ideológicos. Pero no hay que confundir el realismo con una política exterior errática, de ésas que se caracterizan por estar a la espera de los acontecimientos y actuar a merced del viento, aunque el viento es, por definición, cambiante. Lo más probable es que con este modo de actuar se acabe por irritar por igual a dos bandos enfrentados, a los enemigos y a los aliados, aunque un cierto realismo oportunista termina por no saber distinguir entre unos y otros. Un analista como Fareed Zakaria calificaba en 2009 a Obama como un realista "por temperamento, instinto y aprendizaje" y no dudaba en compararlo con Richard Nixon al que muchos sólo ven desde la óptica del Watergate y olvidan el decisivo realismo de su política exterior que pasó por la retirada de Vietnam y su apertura a la China maoísta. El parecido con Obama está, sin duda, en la retirada de Irak y Afganistán, aunque no se sabe cuáles son los réditos de esta retirada que no tengan que ver con el déficit presupuestario o el apoyo de la opinión pública. Desde el punto de vista geopolítico, ambas retiradas no han sido compensadas por un mayor afianzamiento de Washington sobre el terreno. Antes bien, es Irán, ese país empecinado en dotarse del arma nuclear, quien se muestra más satisfecho con ambas decisiones. Por lo demás, el realismo de Obama no ha atraído al terreno de los intereses estadounidenses ni a Rusia, donde queda muy lejana aquella retórica de que se había conseguido un reset en las relaciones mutuas, ni a China, donde la cumbre entre Obama y Xi Jiping no ha disipado los recelos mutuos, ni, por supuesto, a Irán, con quien no se han cumplido las continuas pronósticos de algunos analistas de que con la Administración Obama se repetiría el clima de distensión que Nixon alcanzó con Mao.

Pero la política exterior de Obama se ha visto también cuestionada por los acontecimientos de la Primavera Árabe, un calificativo cada vez más cuestionado ante las incertidumbres despertadas en los países en los que fueron derrocados viejos aliados de Washington. La caída de Mubarak en Egipto fue saludada por EEUU como una revolución democrática, lo que no contradecía el histórico discurso de Obama en El Cairo en junio de 2009, aunque en el fondo era una situación que los americanos hubieran preferido evitar. De hecho, habían criticado la represión que el régimen hacía de sus oponentes, pero el poder egipcio siempre había respondido de la misma manera: ¿Quieren que los Hermanos Musulmanes gobiernen en Egipto? Y así fue porque era el grupo mejor organizado y, sobre todo con una fuerte penetración en la sociedad. Los movimientos islamistas juegan con éxito la carta de la solidaridad en países en que el Estado está demasiado preocupado de garantizarse su propia seguridad. No es extraño que una importante base electoral les diera el triunfo en las urnas y aupara a Mohamed Morsi, pese a ser un personaje de segunda fila, a la presidencia de Egipto. Con todo, Morsi daría pruebas de pragmatismo en política exterior: una relación fría, pero correcta con Israel, y un cierto distanciamiento en la práctica respecto a los palestinos de Hamás, y sobre todo, una continuidad en unas relaciones privilegiadas con EEUU, que tiene a Egipto como el segundo destinatario de su ayuda económica exterior. Para no ser asimilado a otro Mubarak, el nuevo presidente quiso marcar distancias con los americanos en política exterior al tratar de volver a los viejos tiempos en que Egipto era una referencia en Oriente Medio y en el movimiento de los no alineados, pero la oposición laica consideraba que tenía el pleno apoyo de Obama. Resultó significativo que uno de los manifestantes de la plaza Tahrir, de los miles que se alegraron por la destitución de Morsi, quemara una pancarta con la efigie de Obama, en la que podía leerse "Deja de apoyar el terrorismo". Sin duda, ese y otros muchos manifestantes se consideraban traicionados por Washington, que consideraría más importante el gobierno de la mayoría, lo que al fin y cabo es la democracia, que la persecución de las minorías. Pero tampoco los Hermanos Musulmanes se han sentido satisfechos con la reacción de la Administración Obama ante el golpe militar. No han visto en ella la misma actitud de repulsa que si la intervención de los militares se hubiera producido en un país latinoamericano. Ha sido otro ejemplo de las dudas en política exterior, como en los casos de Libia, Irán o Siria, que dan la impresión de que en la Casa Blanca gobierna un descendiente de Hamlet.

El realismo de la política exterior de Obama es una vez más prisionero de los acontecimientos, con el agravante de que en los bandos políticos egipcios no es fácil encontrar un aliado de confianza para Washington. No lo es, desde luego, Mohamed El Baradei, personificación de una cierta respetabilidad y carente de poder real, y que en 2011 preconizaba una investigación penal contra la Administración Bush por haber desencadenado la guerra de Irak. Menos lo serán unos islamistas humillados y unos militares cuyo principal objetivo, bajo el autoritarismo o bajo la democracia, es preservar sus intereses en la maquinaria del Estado a cualquier precio.

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