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El salto de la pulga

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La última en probar la técnica de la pulga ha sido Carmen Chacón. La ministra de Defensa, encorvó su espalda, apretó sus labios, alzó su nariz al frente y procedió al salto.

Existe una vieja controversia científica sobre el salto de las pulgas. Hace algunas décadas, los investigadores llegaron a la conclusión de que la energía que permite que las pulgas den esos increíbles saltos estaba contenida en un resorte interno y no en sus músculos. Ahora, por fin, un grupo de científicos ha desvelado el misterio. El secreto del salto de la pulga se encuentra en la forma en que este insecto utiliza sus patas traseras como si fueran palancas articuladas. Por tanto, se confirma que las pulgas no tienen ninguna fuerza especial de origen misterioso. Simplemente saben utilizar sus recursos para convertirse en pequeñas catapultas. Ante este descubrimiento, lo primero que deberíamos hacer es dar gracias a Dios, por no haber concedido esta misma destreza a los elefantes.

Pero vayamos más lejos. ¿Para qué salta la pulga? Entenderíamos mejor su salto si, en el trayecto, nos sorprendiese abriendo una boca gigante con la que engullir a otros insectos para alimentarse. O si portara una cámara fotográfica y desde lo alto disparara con pasión su objetivo sobre preciosos parajes naturales. Su salto estaría justificado, si bajo su diminuto cuerpo pasará otro animal a toda velocidad, armado con una ametralladora. O incluso si la encontráramos con un décimo de lotería premiado entre las patas. Sus saltitos abrirían telediarios. Pero no. Al contrario de lo que ocurre con los humanos, la pulga salta por el mero placer de saltar.

La vida está llena de pulgas que dan increíbles saltos, cuando menos te lo esperas. En política sucede a diario. Con una diferencia: su salto tiene un objetivo muy claro. Siempre hay alguien que intenta ascender más allá de sus posibilidades, utilizando sorprendentes artimañas.

La última en probar la técnica de la pulga ha sido Carmen Chacón. La ministra de Defensa, encorvó su espalda, apretó sus labios, alzó su nariz al frente y procedió al salto, logrando en décimas de segundo una altura envidiable. Atlética, olímpica, elegante. Suspendida en el aire, como en un reportaje de National Geographic, se las prometía felices. El futuro, del color del sol. El nuevo socialismo. Había aprendido la lección del zapaterismo. Sonrisas y asesores. Cerebros vacíos. Eslóganes bonitos. Caras amables, leyes hostiles. Lugares comunes. Amor a la mentira. Pasión por los Mundos de Yupi. Y de ahí al infinito. Soñaba y soñaba, y hacía bien, porque es gratis. Pero descuidó la retaguardia.

Suspendida en el aire, fotograma a fotograma, descubrimos en su rostro la mirada angelical de quien ignora su destino. Su cruel destino. Agazapado tras la flora de las dunas, contemplando la situación con los ojos entornados, reposa el viejo lagarto Freddy, rodeado de caracoles, flores disecadas y arena incandescente. Seco. Inmóvil. Gris. Con la piel ajada por el tiempo. Pestañea silenciosamente entre la polvareda. Bajo su pata, una pluma de faisán. Su mirada arde, atravesando a la pequeña pulga. En el momento preciso, como un relámpago, Freddy dispara violentamente su lengua, y engulle al insecto saltarín en milésimas de segundo. Fin de la historia. Bambi contempla la escena aterrorizado, y echa a trotar hacia el monte a toda velocidad. Todos los habitantes del secarral retiran sus pancartas de apoyo a la pulga y regresan a sus ocupaciones, no sin antes besar la mejilla de Freddy, en señal de respeto al nuevo rey de las dunas. Algunos besan, con el veneno antilagartos escondido en la gabardina, pero ninguno se atreve a utilizarlo.

Freddy fija ahora la mirada en otra pulga, más corpulenta, más inteligente, y más popular. Tiene barba, y luce fama de honradez, pero es todavía más inocente que la anterior. Dicen que Freddy es el único que puede conseguir merendársela en menos de diez meses. Es mentira. Con dos días le basta. Ya lo hizo una vez. Haría bien la pulga en ponerse los guantes de boxear y, al tiempo, empezar a construir un cobertizo en la duna, a prueba de lagartos tramposos. Porque Freddy no perdona. Me dicen mis biólogos de cabecera, que tiene la lengua el doble de larga que el resto de su cuerpo. Algunos ya lo habíamos notado. Todos, quizá, menos la pulga imprudente. Que sigue salta que salta. Que sigue jugando al avestruz. Que sigue en los mundos de Yupi.

Tal vez, ahora que los científicos han descubierto el secreto del salto de la pulga, deberían investigar el de su insoportable ingenuidad.

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