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La seguridad controlada

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Existe un miedo cerval del Gobierno a tener unas Navidades ‘movidas’ en los aeropuertos.

Es muy posible que en el asunto de los controladores los árboles de la controversia no dejen ver el bosque de la gravedad que supone el estado de alarma.

Se ha discutido hasta la saciedad la culpabilidad de los controladores, el chantaje al que han sometido a los diferentes Gobiernos y la realidad del secuestro que han tenido que sufrir los ciudadanos.

Ha salido a colación la ley de huelga, el concepto de servicio público y la inacción de un Gobierno que, si bien se encontró con el problema, no ha sabido resolverlo en seis años.

Después hemos asistido a las controversias entre los partidos, que han sido más que otro cosa, fuegos de artificio, por otra parte habituales en nuestro día a día político.

Pero ahora que parece que el Gobierno va a prorrogar el estado de alarma habrá que examinar ese bosque que, con independencia de su razón de ser y de su idoneidad jurídica y constitucional, tiene unas consecuencias y unos riesgos políticos que van más allá de los árboles anteriormente descritos.

Entre otras muchas, basta con examinar dos consecuencias del estado de alarma para llegar a la conclusión de que en democracia las excepciones nunca son buenas. En primer lugar el decreto patentiza la impotencia de un Gobierno para mantener por los cauces normales el estado normal de las cosas. En segundo lugar evidencia que el problema –grave problema- de los controladores está muy lejos de haber sido resuelto.

Y, aparte de esas consecuencias, hay un tercer corolario que es el miedo cerval de un Gobierno en descomposición a tener unas navidades ‘movidas’ en los aeropuertos españoles, cuando ya ha agotado los argumentos de la culpabilidad de los propios controladores. El Gobierno tiene miedo a que las cosas se normalicen, tiene pavor a levantar el estado de alarma y que, a las primeras de cambio, vuelva el chantaje, llegue el caos a las terminales y, en plenas fiestas navideñas, la población, dada por sentada la culpabilidad de quien realmente la tiene, empiece a mirar más fijamente que hasta ahora hacia quien está llamado a resolver la cuestión.

Aun suponiendo que el estado de alarma nos evite por un tiempo el dolor de cabeza, cualquier ejecutivo debe de ir directamente al foco del mal que provoca ese dolor de cabeza y eso no se consigue ni con el estado de alarma ni con la prórroga.

La prórroga es pan para hoy y hambre para mañana.

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