Martes 24/10/2017. Actualizado 14:03h

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Tribuna libre

Una semana de caza. Las piezas, políticos de todas las razas y pelajes

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La veda la abrieron Garzón y Bermejo. Desde la cacería andaluza -pegadita a Puertollano- la clase política le ha cogido gusto al gatillo y esto cada vez se parece más a un safari o a una película del oeste.

Aunque nadie se lo crea, debe de ser verdad eso de que la sociedad española es madura democráticamente hablando, porque lo que está ocurriendo en el patio de monipodio que es la política española no hay cuerpo, por democrático que sea, que lo aguante.

Esa sociedad cada vez siente más en sus carnes el alfilerazo de la crisis económica, pero cuando se va a quejar se le vienen encima las cacerías que se organizan en los parlamentos, nacional o autonómicos, los mítines de Galicia o del País Vasco, las declaraciones de unos y otros, los dossieres con irregularidades administrativas, los contratos ‘chungos’, las dimisiones forzadas, las dimisiones que quedan por forzar, los desplantes toreros, las querellas y hasta las discusiones barriobajeras que obligan a suspender sesiones parlamentarias.

El interior de los partidos, al menos de los dos principales, es un reflejo fiel de lo que pasa, aunque a la luz salgan protestas de unidad y de todos alrededor del líder.

En el Partido Popular son muchos los miembros importantes de ahora o importantes de antes que cada vez se recatan menos a la hora de enjuiciar la gestión de Mariano Rajoy al frente de la oposición y sólo se espera a la noche electoral del día 1 para dar rienda suelta a lo que ahora se embrida por prudencia.

En Ferraz pintan bastos, y los hay que apuntan a la salida de José Blanco para un ministerio en una hipotética crisis de Gobierno. Decía un socialista de ‘toda la vida’, comiendo entre amigos, que una cosa es que a Zapatero no se le hagan las crisis a golpe de peticiones de dimisión y otra que esas mismas peticiones sean una patente de corso para quienes deberían de estar fuera del Gobierno hace tiempo.

Ya ni la Vicepresidenta es tan tajante en sus comparecencias de los viernes, ni el mismo Blanco tan agrio en sus descalificaciones.

Algo se mueve en La Moncloa, y ese algo no puede ser más que una crisis de Gobierno que parece que Rodríguez Zapatero tiene más que decidida y a la que sólo le falta encajar piezas en el número dos del partido, en Justicia, en Economía y en Fomento.

Dicen algunos socialistas que, crisis aparte, el cese fulminante de Fernández Bermejo podría ser hasta una positiva arma electoral. Caería bien en la ciudadanía y volvería a cargar las pilas de la credibilidad del Presidente del Gobierno. Lo que ocurre, según las mismas fuentes, es que eso daría oxígeno a miembros del Gobierno que ya no aguantan más, como Solbes o Álvarez. Un rompecabezas a los que no es muy aficionado Rodríguez Zapatero.

En el Partido Popular no vienen mejor dadas. Las declaraciones de Rajoy sobre Camps contrastan con demasiada fuerza con las que hizo en torno a Aguirre. Hay diferencias y desde dentro se entiende todo aunque desde fuera no se comprendan ciertas actitudes. Es infantil que Mariano Rajoy se escude en que no le agrada la frase de ‘las manos en el fuego’ para dejar a Esperanza Aguirre a los pies de los caballos.

Y, mientras, Bibiana Aído a lo suyo. Con los papeles en la mano, resulta que va a ser ella y sólo ella la que decida los plazos, las semanas y los días para abortar. Se ha publicado, y con razón, que las mismas niñas que para hacerse un ‘pearcing’ o un tatuaje necesitan el permiso de sus padres, pueden abortar sin más en cualquier clínica de esas que ya están haciendo su agosto y para las que, de prosperar la ley Aído, no va a haber crisis.

Y, tras la huelga de togas colgadas y puñetas caídas, vuelve la crisis y el paro y el crecimiento negativo.

Esa crisis de la que ahora se ríe Sarkozy –la venganza se sirve en plato frío- porque es España el país peor situado de nuestro entorno y hasta se pone en duda nuestra situación en la eurozona.

Todo se olvida. Y ya casi están en la memoria histórica los cupos de detenidos de Rubalcaba. Vamos, como en la época de Franco. Y es que ministros como Bermejo cada vez se parecen más al general gallego, y no sólo por la afición a la caza y a los toros, sino por la necesidad que los españoles tenemos de que él trabaje por España.

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