Lunes 11/12/2017. Actualizado 13:42h

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Tribuna libre

La sensibilidad en el fútbol

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Las ceremonias que se desarrollan con motivo de los fichajes –sean de ida o de venida- son enternecedoras y un ejemplo de amor desinteresado a unos colores.

A bote pronto –nunca mejor dicho- el fútbol pudiera parecer un deporte brusco y los futbolistas gentes más o menos violentas que van a lo suyo. Nada más lejos de la realidad. Basta que llegue la época de fichajes para que valoremos en toda su dimensión la sensibilidad del balompié y de sus practicantes.

Las ceremonias que se desarrollan en los estadios o en las sedes de los clubes con motivo de los fichajes son, cuando menos, enternecedoras y altamente ejemplares de lo que es el amor desinteresado a unos colores.

Son ceremonias de ida o de llegada. Se celebran tanto para despedir a un profesional que se va del equipo como para recibir a otro que llega. Bien es verdad que las primeras son más lacrimógenas, pero ambas alcanzan cotas elevadas y ejemplares de buenos sentimientos.

Se va un futbolista porque ha fichado por otro club –naturalmente con pingües beneficios para él y para el club del que se marcha- y se organiza una rueda de prensa a la que asiste el protagonista con el presidente. Las lágrimas afloran nada más sentarse ante las cámaras de televisión, los micrófonos de la radio y los bolígrafos de la prensa escrita. Entre sollozos, el susodicho nos contará cómo aquél es el club de su vida, al que llego en infantiles. Narrará cómo siente los colores y que deja su corazón en aquel estadio. Ante una ingeniosa pregunta, afirmará que no celebrará los goles que pueda meter frente a su ya ex equipo y se quedará sin palabras ahogado por los sollozos. Y ya en el colmo de la sensibilidad puede salir al campo, coger una porción de césped y, tras llevársela al corazón, besarla.

A continuación el presidente del club, que se ha embolsado una buena cantidad por el traspaso, corroborará lo dicho y añadirá que es una lamentable pérdida para el club pero que la directiva ya tiene en cartera otros jugadores para que el equipo siga en el lugar que le corresponde y que la cantera es primordial. Y aunque las lágrimas lo oculten, todos tan contentos.

La escena cambia. Ahora es el fichaje millonario y deseado el que llega a su nuevo equipo. Fotos y rueda de prensa. Foto abrazando al presidente tras la firma del contrato. Unos papeles más falsos que Judas, porque el contrato bueno, el de verdad, no lo ve nadie nunca. Después otra foto, esta vez con la camiseta estirada para que se vea el nombre y el número del interfecto (al parecer el número es muy importante). En ese momento el nuevo fichaje besa con unción y con una emoción contenida el escudo de su nuevo club y cuenta a los periodistas cómo desde que nació era el equipo de sus amores y no pensaba en otra cosa. También dice que espera estar al altura (nunca dice a la altura de qué o de quién, pero lo dice), que es uno más de la plantilla y que viene a ganarse un puesto con toda humildad y a las órdenes del 'míster'.

En algunos casos el fichaje se coloca su nueva camiseta y sale al césped del que desde ahora es su nuevo estadio y, entre el clamor de la multitud que está en las gradas, da cuatro patadas a un balón y hace malabarismos pasándoselo por los hombros.

Lágrimas aparte, lo de las patadas es lógico. Pero lo de pasarse el balón por los hombros no, porque eso no lo hará jamás en un partido y porque hasta le pueden pitar penalti.

Y también besará el escudo de la camiseta, y ya puesto en faena hasta puede agacharse y besar la hierba del terreno de juego.

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