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Tribuna libre

Cuando los sindicatos se transforman en partidos políticos

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Andaba tratando de encontrar explicaciones para algo para mí tan insólito en una democracia europea como la convocatoria de una huelga general poco tiempo después de unas elecciones políticas generales, cuando leí en LeMonde.fr del 29/3/2012 un artículo de Ignacio Fernández Toxo.

El título, un tanto apocalíptico, resulta expresivo: “Si el modelo social europeo muere, es Europa quien muere”.

La convocatoria no se proponía sólo repudiar la reforma laboral, sino defender los servicios públicos fundamentales, especialmente en materia de educación y sanidad. Pero, en el fondo, el líder de CC.OO. escribe en términos de partido, porque se opone, sobre todo, a la que considera “mala política definida por Berlín y aplicada desde Bruselas bajo el imperio de la ideología económica neoliberal conservadora dominante en Alemania”.

Toxo pasa revista rápida a medidas que conformarían esa política europea: el pacto por el “euro-plus”, el "six-pack" de la gobernanza económica, y el Tratado o pacto fiscal. A su juicio, cuestionan las bases políticas y sociales de Europa. Lo más grave sería que estarían fracasando. Su gran meta sería alcanzar en 2013 los objetivos de déficit público y deuda del pacto de estabilidad, y permitir a los Estados obtener préstamos a tasas de interés razonables. Pero los recortes presupuestarios, sin el acompañamiento de medidas para favorecer el crecimiento y el empleo estarían provocando otra recesión. Y, en plena recesión, sería imposible alcanzar los objetivos de déficit.

Por si fuera poco, la crisis de la deuda soberana, que padece sobre todo España desde mediados de 2010, agravaría los daños colaterales de la falta de un gobierno fuerte y coherente en la UE –nótese la contradicción de lo afirmado sobre Berlín y Bruselas respecto de Madrid‑: el desempleo, la pobreza, la desigualdad, la erosión de la cohesión social. La situación llevó a la Confederación Europea de Sindicatos (CES), que Fernández Toxo preside actualmente, a declarar que está en grave peligro el pacto social sobre el que se construyeron después de la Segunda Guerra Mundial los Estados del bienestar y la propia UE.

En el plano académico, cita las tesis del Premio Nóbel de Economía, Paul Krugman, y menciona artículos de prensa más pegados a la realidad de figuras políticas como Jacques Delors, Helmut Schmidt o Helmut Kohl: frente a Keynes, el plan de algunos para ser más competitivos en la economía global es reducir salarios y cargas y sociales; y esto sólo sería posible si se debilita la negociación colectiva y los sindicatos.

Pero, cuando se afirma que esto afecta más al sur y al este de Europa, se está reconociendo implícitamente que se trata de países más débiles. La crisis de la sociedad del bienestar es antigua, y se ha escrito demasiado sobre el problema, para encerrarla en cuatro frases. Desde luego, el invierno demográfico hace inviables las antiguas fórmulas en términos de “mutualismo”, aportaciones familiares al sindicalismo.

Se comprende que la CES plantee a los políticos europeos alternativas muy distintas para superar la crisis: los eurobonos, la tasa Tobin para las transacciones financieras, la regulación de los mercados, los planes de inversiones para relanzar una economía sostenible, etc. En definitiva, medidas que nunca serán objeto de negociación colectiva, concepto obsoleto, que me recuerda las antiguas reglamentaciones nacionales de trabajo de la España franquista: y sé de lo que hablo, porque el primer estudio que publiqué en mi juventud académica laboralista fue a favor de la libertad sindical, analizando documentos de la OIT, teóricamente ratificados por España. Luego, leería mi tesis doctoral sobre la democracia en la empresa, como límite al poder reglamentario del “jefe”, camino de futuro para regular con eficiencia las condiciones laborales, lejos de un dirigismo obsoleto.

Si la CES quiere un nuevo gobierno de la economía, con políticas fiscales alternativas –un nuevo contrato social‑, debe reconocer que eso es cuestión de los parlamentos, no de las centrales sindicales, que han cumplido una gran misión histórica, pero ahora se enfrente a una grave decisión: o se transforman en partidos o se unen a las formaciones políticas existentes. Está en juego la configuración de la convivencia ciudadana, no la defensa de “clases” ya inexistentes. Reiterando fórmulas periclitadas, poco aportarán los sindicatos a la superación de la crisis.

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