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Cada día se escuchan menos quejas sobre el trabajo y los jefes, menos exigencias, quizá es que la necesidad nos aumenta la paciencia

                Ya estamos en el trabajo todos los que podemos. Quizá debería hablar de la cultura del esfuerzo, de lo que el trabajo nos enriquece como personas y de la importancia de la ocupación laboral para la vida personal. Pero no. Me gusta más la cultura del disfrute, enriquecer a los demás con nuestro trabajo y la importancia de la nuestra ocupación laboral para la vida de los demás.

                Es el hombre el que dignifica al trabajo, también los bueyes trillan y las palas eólicas generan energía, pero el hombre con su actitud en el trabajo le da un valor más allá de la materialidad de la acción que se realice.

                Hice una entrevista a una enfermera y le pregunté en qué quería trabajar, cuáles eran sus intereses, sus campos a desarrollar, qué temas le ilusionaban, a qué le gustaría dedicarse. Se bloqueó y no supo qué contestarme. Esperaba que yo le dijera qué tenía que hacer y punto. Quizá es que fui muy directo o que ella creyera que yo quería comprar un ordenador personal –y que lo iba a programar- en vez de trabajar con una persona con ideas intereses, ilusiones, deseos, ganas…

                Cada día se escuchan menos quejas sobre el trabajo y los jefes, menos exigencias, quizá es que la necesidad nos aumenta la paciencia o quizá es que cada vez somos menos verdaderos, más convencionales y menos creativos, más rebaño y menos libres.

                Es verdad que hay trabajos difíciles y duros, que hay jefes y compañeros difícilmente soportables y que algunas ocupaciones son muy, muy cansadas. Pero en cualquier ocupación seremos protagonistas de nuestras acciones, la creatividad saldrá de dentro y no esperaremos a que sea una aparición exterior. Podremos poner más amor en nuestra mirada, en nuestras manos, en nuestros papeles y tomar esa difícil realidad como motivo para hacernos felices a nosotros mismos invirtiendo nuestras fuerzas en transformar aquello que hagamos en una ocasión de amar.

                Cuando vivía en Sevilla participaba en una actividad de voluntariado. Íbamos a domicilios de personas que no tenían para comer y repartíamos cajas con alimentos básicos. Una mañana de sábado entramos en una destartalada casa donde vivía un hombre de 30 años que nos recibió tumbado en el sofá con las manos cruzadas tras la nuca. Mientras hablábamos con él y comentábamos lo difícil que era encontrar trabajo y lo “mal que estaba el mundo” afirmó: “Con treinta tíos como yo cambiábamos el mundo”. Pero no era capaz ni de cambiar su cuerpo de postura para recibirnos.

                La rentabilidad de nuestro trabajo no será sólo económica, también recibimos formación, relaciones con personas, afectos. Recibiremos propinas y compensaciones en personas satisfechas, porque la motivación es interior. “Hoy me dieron las gracias y no me lavé el oído en todo el día”.

                A lo mejor no puedes escoger qué tarea haces, pero sí cómo la haces. A lo mejor no puedes decidir cuál es tu puesto, pero sí planear cómo vas a disfrutar ahí, cómo vas a aportar alegría a las personas con las que te roces ese día. A lo mejor no puedes escalar más puestos desde ese trabajo, pero sí puedes subir más alto en tu capacidad de servir. Actuar aunque sólo sea para pasárnoslo mejor en el trabajo, precisamente a través del mismo trabajo, pero que no nos convirtamos en viejos cascarrabias, en “huesos que vuelven de la oficina dentro de una gabardina”.

                Seguramente conozcas la historia de aquel directivo de empresa que salió a dar un paseo por la playa. La marea estaba baja y cientos de estrellas de mar vivas habían quedado depositadas en la arena. A lo lejos vio como una mujer de la zona cogía una estrella y la lanzaba al mar, luego otra y otra más. Fue andando hacia ella, le saludó y preguntó por qué hacía aquello. Ella se paró y con una estrella en la mano le explicó que con el calentar del sol las estrellas morirían antes de que volviera a subir la marea. El directivo le replicó: pero son muchas, no te dará tiempo, no vale la pena. Ella lanzó al mar la que tenía en la mano mientras decía: para esta sí que valió la pena. Para alguien cada día seremos la persona que marca la diferencia entre un día gris y un día para recordar.

                Todo lo dicho lo expresa mejor Claudio Rodríguez en su poema Alto Jornal:

Dichoso el que un buen día sale humilde

y se va por la calle, como tantos

días más de su vida, y no lo espera

y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto

y ve, pone el oído al mundo y oye,

anda, y siente subirle entre los pasos

el amor de la tierra, y sigue, y abre

su taller verdadero, y en sus manos

brilla limpio su oficio, y nos lo entrega

de corazón porque ama, y va al trabajo

temblando como un niño que comulga

mas sin caber en el pellejo, y cuando

se ha dado cuenta al fin de lo sencillo

que ha sido todo, ya el jornal ganado,

vuelve a su casa alegre y siente que alguien

empuña su aldabón, y no es en vano.

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