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Lo que no es tendencia

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Las pantallas de la tecnología, de las que no nos despegamos, permiten infinidad de cosas. Sin embargo, no alcanzan a los asuntos humanos más sensibles, que ni tan siquiera rozan. 


Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Nuestro mundo tiene ya mucho de ciencia ficción en presente, si bien en lo fundamental permanece inalterable.

Dos estampas me han conmovido este año. Tanto una como otra llegaron sin previo aviso, aunque era seguro que sucederían algún día. Como ocurre cuando se presencia algún fenómeno celeste, en ambos casos el tiempo se detuvo.

La primera la contemplé en la primavera de Oregón. En Mount Angel, pequeña localidad del norte. Recorriendo los jardines de una abadía benedictina fundada en un cerro hace un siglo, me despertó la curiosidad un estrecho corredor que se abría al costado de una secuoya centenaria. Al traspasarlo, alcancé de repente un suave promontorio donde pude divisar, con estremecimiento, la más hermosa acuarela que el ojo humano pueda ver. Un fascinante panorama tamizado de innumerables tonalidades de verde, con ranchos desperdigados en el horizonte, ganado diminuto por el efecto visual de la lejanía, nubes blanquísimas y una quietud ni tan siquiera interrumpida por la brisa. Hubiera deseado seguir allí, mirando absorto tanta belleza. Recuerdo haber comentado a quienes me acompañaban que nunca había visto algo tan precioso. El sorprendente descubrimiento de ese paisaje insuperable me ayudó a pasar página de algunos episodios que acababa de experimentar, también sin esperarlos.

La segunda imagen data del verano. Sigo un orden cronológico de acontecimientos, pero pronto se comprenderá que supera en intensidad a la anterior. Tampoco en esta oportunidad tuvo nada que ver la técnica.

Hasta ese día de finales de julio, no había visto morir a nadie. Nunca había contemplado la agonía, el severo final de trayecto, el débil suspiro terminal, el silencio entrecortado de sollozos que sigue a todo fatal desenlace. Me estrené en todo ello con un ser muy querido. Esa visión inolvidable del tránsito de quien se ama es el de nuestra grandeza y profunda fragilidad. El dolor físico de quién se va y la congoja de los que quedamos constituye el mejor lienzo, que se repite a cada momento en cualquier lugar y que solamente quien lo ha vivido conoce su hondura, tan devastadora.

La inesperada y serena hermosura del valle de Oregón tuvo para mí en los jadeos del estertor su contrapunto más auténtico, el contraste más sugerente. Desde luego, quisiera quedarme todavía en la cima de Mount Angel, oteando ensimismado la campiña, y no en aquella habitación en que los cegadores rayos del sol de julio atravesaban la persiana como alfileres. Ni una cosa ni la otra dependen tampoco de los deseos, tan limitados, porque la vida sale al encuentro sin anunciar, aunque estemos preparados para lo que nos pueda deparar.

Ninguno de estos escenarios han sido cosa de youtubers, ni los he encontrado por consejo de influencers, ni creo que sean jamás trendic topic. No los guardé tampoco en la galería de mi Smartphone, ni me he hecho camisetas de tirantes en su memoria. Pero, aunque no sean tendencia ni falta que les hace, apuntan a lo más profundo, ya que para apreciar lo esencial sobra el ruido virtual y bastan los sentidos y la contemplación serena.

Desconozco si el futuro nos proveerá de una tecnología que sienta y padezca como los humanos. Si se logra, debiera al menos de alcanzar la emoción que se experimenta con una vista sobrecogedora o con la escena del ocaso de una biografía plena.

Todo lo que no conduzca a eso es un puro camelo, humo pasajero. Como lo son tantísimas cosas que a cada minuto consumen nuestras horas y que convierten a muchas de las nuevas formas de informarse y comunicarse en material inservible y difícilmente reciclable.

Para lo primordial, no hay selfies que valgan. Ni pantallas que puedan sustituir a la mirada del hombre, la insuperable puerta de entrada a lo más fascinante de nuestra existencia.


Javier Junceda

Jurista

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