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La terminal del candil

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Si todas las rubias no son tontas, tampoco todos los edificios ultramodernos y superfuncionales son un fiasco, pero la T-4, lleva camino de, al menos, parecerlo.

Si todas las rubias no son tontas y si todos los morenos no son unos cabezas huecas, tampoco todos los edificios ultramodernos y superfuncionales son un fiasco, pero la T-4, lleva camino de, al menos, parecerlo.

Cuando todavía se alzan voces que no tienen muy claras las actuaciones tras el trágico accidente de Spanair –algunos de los supervivientes siguen obsesionados con la cercanía del río y muchos especialistas cuestionan las causas del accidente- el pasado sábado los viajeros que utilizaban el flamante edificio parece que, aprovechando las fiestas de La Paloma, tuvieron que danzar el castizo baile del candil.

Un apagón en la terminal de un moderno aeropuerto, sea cuál sea la causa, entra en los parámetros de lo ‘acontecible’. Pero que, inmediatamente, no se pongan en funcionamiento los servicios de emergencia que, como su propio nombre indica están precisamente para solventar una emergencia del tipo de la que ocurrió la noche del sábado, ya es harina de otro costal.

La paralización fue total. Ni escaleras, ni cintas rodantes, ni trenecitos internos, ni ordenadores dónde facturar, ni máquinas automáticas. Nada en funcionamiento y todos a dos velas, o a dos linternas o a dos lucecillas de móvil.

Una hora es mucho tiempo para que una terminal de esa envergadura permanezca paralizada por un ‘pequeño incendio’. Una de dos, o los servicios no funcionaron como debería estar previsto que funcionaran, o no está todo tan previsto como debería de estarlo.

Ahora, los políticos, los que inauguraron o no inauguraron la magnífica terminal, se echan los perros encima unos a otros. E incluso alguien hará el chiste fácil de que habrá que informar con luz y taquígrafos. Lo más seguro es que, como de costumbre, nos enteremos de poco, tarde y más bien, nunca.

A lo mejor tras los alardes arquitectónicos, bajo las atrevidas bóvedas, o sostenidas por las columnas vanguardistas, además de soluciones técnicas insospechadas y de maravillas de diseño nunca soñadas, se esconde, en un simple cable mal conectado, la falta de previsión o la chapuza por la chapuza.

Ni todos los guaperas ni todas las rubias son tontos. No todos los edificios impresionantes y último grito, tienen fallos. Pero que algunos tienen ‘grietas’, salta a la vista aunque sea a la luz de un candil. 

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