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La unión hace la fuerza

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El resultado obtenido por el grupo separatista Nueva Alianza Flamenca agrava la amenaza al Estado belga.

El resultado obtenido por el grupo separatista Nueva Alianza Flamenca agrava la amenaza al Estado belga. Una victoria electoral tan regional y relativa como la que en 1931 derrocó a Alfonso XIII podría suponer la desmembración del reino. El líder separatista flamenco ha reconocido –y eso le honra– ser consciente de que el setenta por ciento de los flamencos no han votado por él. Una vez más, la mayor de las minorías –previo regateo político— tomará el poder nacional que desea destruir.

Imagino que muchos franceses tardarán una o dos copas más de vino en entender tras el periódico las disputas de patio de sus vecinos del norte. Los españoles, por el contrario, comprendemos –y lo que es más— militamos siempre en uno de los bandos de un conflicto que, de acabar mal, supondría un precedente terrible para la nueva Europa. De hecho, hay no pocas similitudes entre la trayectoria de los separatistas belgas y los españoles. Caducado en lo político el inútil extremismo del Vlaams Belang como el terror de la ETA en España, la nueva corriente independentista internacional ha olvidado las guerras civiles y las balcanizaciones a golpe de ametralladora. El método actual, tan lícito como peligroso, consiste en la propaganda liberal habitual en las batallas políticas de cualquier signo y el posterior respaldo indiscutible de las papeletas. Se trata de no dar jamás un paso atrás en la consecución de objetivos separatistas pero democráticos. Hay en esto, naturalmente, una aceptada perversión del sistema de la que no corresponde ahora tratar.

Volviendo al lluvioso reino, no es cierto que los belgas no existan, como tuvo que oír un Alberto I que aún trata de olvidar desde su peana parisina. Como en todas las naciones de reciente creación –inclúyanse aquí los Estados Unidos y los estados surgidos de la descolonización–, en Bélgica los propios respetan el himno y la bandera como ya no lo hacemos en nuestros viejos países, quizá saturados de Historia.

Bien es verdad que son valones, en su mayoría, aquellos que demuestran patriotismo, y que frente a ellos hay muchos más flamencos separatistas que españoles renegadores. También es cierto que el repetido ejemplo de la lucha lingüística ilustra a la perfección las desavenencias y el distanciamiento que existe entre compatriotas. Mientras los valones suelen hablar como lengua materna el idioma francés, aprendiendo el neerlandés como muestra de comprensión y cuidado de las características de su patria, en Flandes se tiende en exceso a utilizar el inglés cuando al turista no le es posible hacerse entender en el idioma regional.

En tal panorama se alza Bruselas como verdadera Jerusalén, consciente de su doble condición de capital estatal y continental, posición esta última que tanta significación internacional le ha dado. Ciudad abierta y belga en el sentido más subjetivo del término, Bruselas ejemplifica a la perfección el respeto y la convivencia entre dos y hasta tres lenguas. Es ella, si no uno de los pilares, sí uno de los ejemplos para la reconciliación entre gentes muy distintas que van camino de cumplir dos siglos de conflictiva pero común identidad nacional.

Otro elemento de gran importancia en estos momentos es el Rey. A su discreta negociación le corresponde paliar la mediocridad de los políticos belgas, inhibidos por completo de sus obligaciones en los últimos tiempos. Nunca antes Alberto II había tenido unas circunstancias tan graves y claras para reivindicarse en la Jefatura del Estado como tras este confuso resultado electoral. Consta que, como buen sucesor de su hermano y consciente de la desidia que le estropeó el reinado a su padre, Su Majestad se preocupa por la realidad política del país y no está dispuesto a perder el tiempo. Se ha reunido ya con el ganador de los comicios, personaje que se declara republicano más como reacción al éxito histórico de la Corona en mantener Bélgica unida que por convencimiento. Cabe esperar, de todos modos, la moderación natural que el poder ejerce en los hombres poco acostumbrados a él, y no debe olvidarse el dato –aunque de él ya daten años— del altísimo porcentaje de votos flamencos favorables al regreso de Leopoldo III en 1950.

En manos de su hijo está contener el separatismo feroz durante y tras la formación del nuevo gobierno, y la labor del monosabio que debe sostener el caballo irresponsablemente abandonado por socialistas y liberales valones. En la unidad de Bélgica se juega el trono, y no encontrará el soberano un fin más honorable para cumplir con sus designios dinásticos. Sus hermanos europeos atienden expectantes, como lo hicieran con Don Juan Carlos en los años previos y durante el cambalache con que efectuó el cambio de régimen en España. Que Dios le ayude y que el Primero de los Belgas –valones y flamencos– lustre con sus obras el letargo generalizado de las Monarquías.

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