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Lo que va de Uribe a Chávez

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El ciclo de confianza que vive Colombia habla aún de la calidad de los liderazgos: esta Colombia no hubiera sido posible sin Uribe

Defender la gestión de Álvaro Uribe parece tener las mismas notas de soledad y ridículo que defender la elegancia de los calcetines blancos. Uribe, en todo caso, ha estado siempre menos atento a la comunicación que a la política. Eso libera muchas energías de cara a la consecución de no pocos éxitos: un país que cuadruplica en seis años la inversión extranjera, que capea con soltura la crisis económica, que duplica en tres años las exportaciones, que es de los de riesgo menor y mejor entorno de negocios en su área, que ofrece estabilidad jurídica y fiscalidad sin asperezas, que aumenta el turismo y la seguridad tanto como baja la pobreza y el desempleo. En un escenario de crisis, como se decía, la administración de Uribe ha sido de las más ágiles e inteligentes en la reforma.

Desde 2002, el de Uribe es un ciclo de sólida confianza que ha logrado reforzar el Estado de Derecho en unas instituciones del todo permeadas por el narcotráfico, que ha sabido insuflar autoestima con la asfixia de los diversos terrorismos del país y que ha obrado con una mezcla de prudencia y asertividad diplomática y visión estratégica a la hora de ejercer de factor de contención de la metástasis bolivariana en el subcontinente. Más allá de los voceros de Pastrana, buena parte de la izquierda mediática internacional se ha dejado penetrar por argumentos anti-Uribe surgidos en los aledaños de la izquierda más exasperada y revolucionaria.

El debate sobre la reelección de Uribe pasa por alto no sólo que los colombianos lo votarían dos veces si pudieran sino la falta de decisión al respecto, el proceso institucional singularmente agravado que posibilitaría tal circunstancia o, de un modo más plástico, que Chávez como candidato perpetuo busca subvertir lo que quede del Estado en tanto que Uribe busca reforzarlo. La bonanza que vive Colombia habla aún de la calidad de los liderazgos: esta Colombia no hubiera sido posible sin Uribe. Distinto es que todo lo que es indulgencia y tolerancia hacia el chavismo sea exigencia hacia Uribe. Se critica, por ejemplo, la presencia de soldados norteamericanos en el país andino –llevan mucho tiempo allí- cuando ninguno de los países vecinos de Colombia ha ayudado contra las FARC sino que más bien han ayudado a las FARC. Si faltaban pruebas, acaban de descubrirse armas venezolanas en manos de los narcoterroristas. Ha sido una hermosa hipocresía que nadie se atreviera, a propósito de las bases norteamericanas, a criticar a Obama. Reactivar el tratado de libre comercio con Colombia es lo más benéfico y responsable que pudiera hacer EEUU.

Al margen de los desencantos con Brasil o de la irresponsabilidad de la clase del poder argentina, es muy verosímil que de aquí a poco el centroderechista Piñera sustituya a la zapaterista Bachelet en Chile y que Uruguay siga el mismo camino. Así surgirían mayores resistencias al chavismo. Allí, en Uruguay, Chávez apoya al candidato ‘tupamaro’. De momento, todos sus planes para hacerse con Colombia –país fundamental y simbólico en su expansión bolivariana- han topado con las mayores resistencias, pese a las muestras chavistas de bravuconería y chantaje. Colombia es y será una derrota para Chávez.

Álvaro Uribe pasó por Madrid en el mes de mayo. Vino solo, con su mujer y su adjunto de prensa, en un avión de línea regular. En el Gobierno nadie le hizo mucho caso, no así en el alto empresariado. Chávez viene a España en unos días, poco antes de la llegada de Evo Morales y al cabo de una larga gira internacional por países como Irán, Siria o Bielorrusia. Chávez no viaja solo: es famoso por llevar siempre las escoltas más ostentosas y pobladas de gorilas, ocupando planta tras planta de los mejores hoteles. Eso lo paga el petróleo. Sería cómico que Zapatero le hablara de energías renovables.

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