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Los vascos tienen la palabra

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El problema político de fondo es la no aceptación por parte del PNV y del nacionalismo vasco en general del actual marco jurídico-político.

Después del previsible varapalo que le ha dado el Tribunal Constitucional al lehendakari Ibarretxe, declarando ilegal e inconstitucional su intento de convocar un referéndum el próximo 25 de octubre, se va a dar la paradoja de que, efectivamente, los vascos y vascas –como tanto le gusta decir al actual inquilino de Ajuria-Enea- van a tener en sus manos de nuevo decidir su futuro, aunque por un camino ajustado a la ley y no fuera de ella, como pretendía el lehendakari.

Las próximas elecciones vascas están, como quien dice, a la vuelta de la esquina –previsiblemente serán en marzo o en abril del próximo año, aunque Ibarretxe tiene la potestad de adelantarlas- y en ellas los vascos van a decidir si quieren seguir con un lehendakari y un gobierno nacionalista pilotado mayoritariamente por el PNV o, si por el contrario, después de treinta años de democracia los aires de cambio llegan también a Euskadi y de las urnas sale un lehendakari no nacionalista, que dada la correlación de fuerzas entre los partidos de ámbito estatal, lógicamente sería el candidato del PSE, Patxi López con el apoyo del PP.

Porque de lo que no me cabe ninguna duda es que en el supuesto de que Ibarretxe ganara esas elecciones y siguiera por tanto de lehendakari, -lo cual entra dentro de lo posible- la deriva soberanista e independentista que ha impregnado su acción política en estos últimos siete años iba a continuar. Y eso, en mi opinión, no sería nada bueno para una sociedad como la vasca que lo que necesita es, por un lado, que ETA desaparezca de una vez y para siempre y, por otro, una cierta estabilidad institucional y no estar cuestionándose permanentemente su pertenencia a España.

El problema por tanto lo tienen que solventar los propios vascos en las urnas. Y no va a ser nada fácil, porque la sociedad vasca sufre una fragmentación desde hace mucho tiempo. O dicho en términos más positivos, es una sociedad muy plural, donde los dos bloques –nacionalistas y no nacionalistas- están prácticamente a la par, aunque con una ligera ventaja para los primeros. Pero lo que es evidente es que ninguno de esos dos bloques debe de pretender imponer su voluntad al otro a través de una exigua mayoría. Una sociedad no se construye sobre lo que quieren el 55% de sus integrantes.

El problema político de fondo es la no aceptación por parte del PNV y del nacionalismo vasco en general del actual marco jurídico-político. Aceptaron en su día, a regañadientes, porque les convenía, entrar en la rueda derivada de la transición política. No votaron la Constitución pero la acataron y vieron como mal menor el Estatuto de Autonomía de Gernika que ha dotado al País Vasco de las mayores cotas de autogobierno que nunca antes ha tenido. Pero fue un apoyo, al Estatuto, meramente instrumental, sin renunciar nunca a su objetivo final que no es otro que la independencia.

Por eso, la solución más democrática al “laberinto” vasco sería un gobierno que fuera leal a la Constitución y al Estatuto de Gernika. Los nacionalistas ya han dicho por activa y por pasiva que eso ya no les sirve. Los vascos tendrán la palabra en la próxima primavera. Hasta entonces, Ibarretxe va a jugar a fondo la baza del victimismo –en Madrid no nos dejan decidir nuestro futuro- que tan buenos resultados da siempre en la parroquia nacionalista

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