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La verdad nos hará libres

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No estoy dispuesto a arrodillarme ante la mentira. Niego la existencia de mil verdades a gusto del consumidor. Oigan. Va por los del pensamiento único. Los de la libertad de boquilla.

No estoy dispuesto a arrodillarme ante la mentira. Niego la existencia de mil verdades a gusto del consumidor. Oigan. Va por los del pensamiento único. Los de la libertad de boquilla. Los del discurso lleno de eslóganes y vaciedades. Los del decretazo limpio. La boca rebosante democracia. Los del blanco y el negro. O sea, el azul y el rojo. Los de los ojos llenos de teatro. A todos. Los de los medios de comunicación. Los de esos medios que conocemos tan bien, que nunca han sido capaces de publicar ni una línea en exclusivo honor a la verdad. Siempre algo se interpone al final rompiendo esa exclusividad: un contrato publicitario, la pleitesía a algún poder. Ya saben. A todos ellos se lo escribo. Para que conste. 

La esclavitud moderna es la corrupción de la verdad. La aceptación serena de la mentira como algo cotidiano. La disolución salvaje de lo moral, incluso -si me lo permiten- en su aspecto más cívico y menos moral.Lo vemos. Lo tenemos aquí. La calle y los medios han sido inyectados con el veneno del relativismo. Lo que vemos y escuchamos a diario es consecuencia natural de formar a las personas para que aprendan de memoria lo que es bueno y lo que es malo, según las percepciones y pareceres de unos cuantos gobernantes. Ni siquiera hay una raíz de pensamiento. Un atisbo de una ética construida sobre algo, aunque sea erróneo. No hay más plan que mantenerse en el sillón alcanzado. No se deja ni un milímetro a la improvisación de un ciudadano pensante, capaz de disfrutar, al menos durante un segundo, de su libertad de criterio. El socialismo llevado al extremo termina siempre igual: un iluminado pontificando a su capricho sobre lo que es bueno y lo que es malo para todos los demás, bajo el viejo pretexto del bien común. Un iluminado dividiendo a un país. Un iluminado y un país en sombra. 

Lean los periódicos. Escuchen a nuestros políticos. Pocos se salvan. Unos y otros, lo que pretenden es dibujar una pauta de comportamiento ideal para el ciudadano. Nos dicen: “esto es todo lo que debes hacer para ser un ciudadano socialmente aceptado”. Es más, añaden: “Hemos pensado que quizá esto es lo mejor para ti”. Pero se callan esto otro: “en realidad hemos decidido lo que es mejor para ti”. Que traducido al castellano significa: “Lo mejor para ti es que acates lo que hemos decidido sino quieres complicarte la vida. Ya me entiendes. Y ahora enciérrate en tu cuarto y cállate”. Y así es como nosotros, aceptados o no por ese extraño ente llamado “la sociedad”, caminamos hacia aquel tenebroso paisaje –viejo conocido- en el que todo lo que no es obligatorio está prohibido. Se nos permite discrepar. Siempre que sea en silencio, y nuestra discrepancia no tenga consecuencias.  

En el siglo mejor comunicado de la historia –pensarán ustedes- alguien podría lanzar un mensaje de alerta. Este país tuvo pensadores. Tuvo gente noble de todo signo y condición. De hecho, aún la tiene a ambos lados de la frontera ideológica. Alguien podría advertirnos entonces de que los errores no sólo están puntualmente en las políticas educativas, o incluso en la manida crisis de valores. Alguien podría decir que el problema parte de que se ha democratizado la verdad hasta el punto de que lo único que realmente no es discutible es aquello que defiende cualquier mayoría. Pero no lo esperen: nadie se atreverá a lanzar ninguna de estas reflexiones. O al menos, nadie realmente influyente. Las grandes televisiones nacionales, por ejemplo, están demasiado ocupadas contándonos la vida sexual de algún pobre diablo, presentando como prototipo de joven normal a cualquier anormal, y amasando en el plató potingues morbosos para audiencias previamente idiotizadas. Los resultados mandan. Y tiene razón. La audiencia gobierna. Lo que confirma que, en contra de lo que se pensaba, cuarenta millones de idiotas podemos perfectamente estar equivocados. Especialmente cuando nos sentamos frente al televisor y tragamos. Porque frente a los medios mostramos unas tragaderas que más bien parecen túneles del olímpico alcalde de Madrid. 

Para huir de la búsqueda de Dios algunos han optado por huir de la verdad y beber sólo relativismo. Después de instalar el todo vale en el terreno más espiritual, esa negación de la conciencia ha comenzado a contagiar a todo lo demás. Y sufrimos las consecuencias. España está especialmente inyectada de este mal que es la raíz de todos los demás. Un mal que es un suicidio colectivo. Un retroceso, aunque lo llamen progreso. Al fin y al cabo si cualquier cosa es buena o mala sólo en función de cómo se mire, cualquier norma carece de sentido. Sin normas en común, sin derechos ni libertades, podemos dejarnos morir como nación. Sólo la búsqueda de la verdad, la certeza de su existencia y el desprecio total a cualquier forma de mentira nos puede arrebatar la condición de esclavos. La verdad nos hará libres. Suena más actual que nunca. 

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