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Tribuna libre

Contra el virreinato y el vi-RAE-nato

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En cada uno de los grandes proyectos que ha emprendido durante los últimos años la RAE, ha participado en pie de igualdad la Asociación de Academias de la Lengua Española, de modo que el consenso ha sido absoluto.

Hace un par de semanas, Cristina Fernández de Kirchner inauguró en Buenos Aires el Museo del Libro y de la Lengua. No de la lengua estofada –libro y lengua: escuela y despensa–, sino de la lengua española. Es el primer centro de este tipo que se abre en la América hispanoparlante. Inspirado en el Museo de la Lengua Portuguesa de São Paulo, allí donde el original brasileño adjetiva para que no haya duda, su émulo argentino prefiere una vaguedad nada inocente. Y no es inocente por el modo como se ha llevado a cabo el proyecto, por las declaraciones que lo han acompañado y por los propios fondos que se exhiben.

El modo. Según informó El Mundo, la Real Academia Española no tenía conocimiento de la creación del museo, no se le consultó nada y, por supuesto, no recibió ninguna invitación para el acto inaugural. Tampoco la recibieron el embajador español en Argentina ni la consejería de Cultura de España. En sentido estricto no hubo desaire alguno, porque, sin adjetivo que especifique, ¿de dónde se deduce que lo allí expuesto tenga algo que ver con ese lejano territorio cuyas autoridades, políticas y lingüísticas, parecen siempre querer entrometerse?

Las declaraciones. «Estamos muy contentos de estar inaugurando este nuevo espacio en un país que sufrió mucha agresión cultural de todo tipo», afirmó la presidenta. Ahí ya tenemos bastante información implícita. Por si no estuviese clara, la directora del museo, María Pía López, concretó un poco más en el ámbito del idioma: «Hay algo que es necesario discutir todavía: la pretensión durante muchísimo tiempo de que España funcionara como centro rector de la norma estándar de la lengua».

Los fondos. Consecuencia de lo visto y oído, los contenidos del museo apuntalan la argentinidad específicamente. En El territorio del idioma, epígrafe que aúna los materiales de la planta baja, quedan señalados los principales objetivos de la muestra. Entre ellos, manifestar «el carácter plural y constitutivamente heterogéneo de la cultura nacional, y exponer de manera crítica las políticas restrictivas de la pluralidad popular». No es complicado inferir de dónde han procedido secularmente esas restricciones.  

Por todo lo anterior, no parece disparatada la sospecha de que la Argentina oficial acaso tenga la intención de borrar toda huella de la antigua metrópoli. Contra el virreinato se libró la última batalla en noviembre de 2010, cuando por decreto presidencial se declaró que el 12 de octubre, aún denominado Día de la Raza en varios países transatlánticos, pasara a ser Día de la Diversidad Cultural Americana. Y ahora contra el vi-RAE-nato se abre un museo que, en la línea de los decimonónicos Gutiérrez, Alberdi o Echevarría –la cuestión viene de lejos–, defiende el nacionalismo lingüístico y denuncia la fijación de reglas desde España.

No obstante, los reproches dirigidos contra el afán de supremacía normativa española, que pudieron tener fundamento en el pasado, hoy son injustos. Afirma María Pía López que las estandarizaciones tienden a considerar erróneas todas las variedades que no pertenecen al estándar. Si se refiere a las variedades diatópicas –las que constituyen la base del museo que dirige–, eso ya no es cierto. En cada uno de los grandes proyectos que ha emprendido durante los últimos años la RAE –principalmente el Diccionario panhispánico de dudas, el Diccionario de americanismos, la Ortografía y la Nueva gramática–, ha participado en pie de igualdad la Asociación de Academias de la Lengua Española, de modo que el consenso ha sido absoluto.

Más aún, en el texto de presentación de la Nueva gramática se hacen dos declaraciones –constatadas, efectivamente, si se consulta el cuerpo de la obra– que deberían disipar los últimos resquemores. Por un lado, que «es una gramática del español común y también del español diferencial, ya que muestra una especial sensibilidad hacia las variedades que se registran en el dominio hispánico». Por otro, que «sus aportaciones normativas están formuladas desde la consciencia de que la norma del español no tiene un eje único, sino que posee un carácter policéntrico». Fin de los residuos virreinales, a no ser que a alguien le convenga fomentar el espejismo.

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