Miércoles 13/12/2017. Actualizado 13:45h

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Tribuna libre

Las zanjas del plan E

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Al margen de los evidentes defectos del Plan E, que cualquier comentarista de política económica podría poner de manifiesto, lo más sorprendente es la inutilidad de la gran mayoría de las obras.

He salido de casa a toda castaña, pensando en mis cosas, y ¡zás! a la zanja. Dos metros de terraplén renqueante. Trompazo de órdago. Confusión y reflexiones de urgencia. Arriba en la superficie, risas. Pánico en el interior de la zanja. Preguntas urgentes. ¿Ayer por la noche estaba la acera y hoy ha desaparecido? No hay quién lo entienda. Al salir al exterior contemplo el escenario con serenidad. Decenas de vallas. Escombros por todas partes. Metros y metros de zanja. Con unas orejeras de astronauta, un tipo ataviado también con un mono azul incide en su tarea de destrozar con un imponente martillo hidráulico el tramo de acera que aún sobrevive a la guerra. No hace ni dos primaveras que lo habían roto y repuesto para instalar unas canalizaciones. He tratado de comunicarme con el obrero pero ha sido imposible. No oye nada. Ha encendido un cigarrillo como si la cosa no fuera con él. Yo creo que entre el ruido de la máquina y la protección de sus oídos, este hombre sería incapaz de enterarse de la explosión de una bomba atómica en sus narices. Creería que se le han atascado los conductos del martillo, que digo yo que ese artilugio tendrá conductos.

He levantado un poco la vista oteando horizontes con la esperanza de encontrar alguna explicación. Ahí está. Frente a mis narices ha amanecido un cartel tan grande que hay que separarse unos metros para poder leerlo. Mientras retrocedo voy descifrando. Primero una e muy grande. Después una ene, una a, una ele y una pe mayúscula. ¡Plan E! “Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo”. Empiezo a creer lo increíble. Empiezo a explicarme lo inexplicable.

El “Plan E” consiste en colocar carteles gigantes que transmitan a los ciudadanos que el gobierno está haciendo algo para paliar parcialmente el desempleo y la crisis económica. Se trata de ejecutar obras por el mero hecho de plantificar un cartel al lado. Por ejemplo: destrozar una acera que estaba impecable y volver a construirla, igualmente impecable. Levantar un parque infantil y construir otro de similares características. Arrancar un seto y situar en su lugar una hilera de arbustos. De todas las obras –digamos apaños- del “Plan E”, el colmo de la desfachatez se lo lleva la instalación de semáforos. Lo que denominan “Obras de regulación semafórica”.

A los políticos, como a los de la cocina experimental, les encanta ponerle nombre a las cosas para que no parezcan lo que son y suenen más atractivas. Una sopa de judías y garbanzos siempre será menos llamativa que una “party de bajocas y gabrieles sobre piscina caliente procedente de deliciosa eau du robinet”, aunque sean más o menos lo mismo y el “eau du robinet” proceda de la misma cañería que el agua del grifo. La instalación de un semáforo gana empaque si se acompaña de un cartel oficial de varios metros en el que se define la medida como una “obra de regulación semafórica”. La obra es la misma, pero el impacto en el ciudadano es muy diferente.

El Plan E invade las calles de España de vallas con una distribución estratégica tan extraordinaria que parece diseñada a conciencia por, al menos, doscientos o trescientos asesores del presidente. El plan genera miles de puestos trabajo -por supuesto, temporales-, con un dinero que ha de salir del común, salvo que alguno de los citados asesores logre convertir piedras en lingotes de oro, y rechace, en tal caso, la tentación de salir corriendo con el hallazgo hacia algún paraíso fiscal.

Al margen de los evidentes defectos del Plan E, que cualquier comentarista de política económica podría poner de manifiesto, lo más sorprendente es la inutilidad de la gran mayoría de las obras. Si se trataba de gastar dinero público para generar empleo a base de cientos de pequeñas chapuzas distribuidas por cada uno de los distritos electorales de toda la geografía española, lo mínimo que podríamos exigirles a quienes no gobiernan es que las obras tengan algún sentido. O, al menos, que tengan cierta originalidad. Aunque sospecho que la gran mayoría de los ciudadanos estaríamos más contentos si en lugar de destrozar suelos y pavimentarlos de nuevo compulsivamente, el Plan E centrase sus esfuerzos, por ejemplo, en la destrucción de cargos públicos inútiles en las comunidades autónomas, sin necesidad de pavimentarlos de nuevo posteriormente.

Me dicen que la zanja de mi calle estará abierta un mes, por lo menos. Una eternidad. Para evitar nuevos accidentes tendré que poner un letrero de alerta en el portal de casa: “Cuidado con la zanja. Cuidado con la valla. Y cuidado con el tipo del martillo hidráulico, que está sordo y va armado”.

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