Miércoles 17/01/2018. Actualizado 17:59h

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Seguridad

Los miembros de ETA refugiados en Francia se quejan a sus familiares de la mala vida que llevan: orden de no moverse, miedo a los infiltrados, prohibido entrenar

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Los 'liberados' de ETA no pueden más. Se declaran exhaustos, agotados y sin capacidad de maniobra. Es una situación desesperante –admiten en privado-, como nunca antes se había visto en la banda terrorista. El hartazgo es tal que las quejas han llegado incluso a sus familiares.

Según los datos recabados por El Confidencial Digital en fuentes de absoluta solvencia, los etarras huidos a Francia pasan escasamente de la veintena. Serán como mucho veinticinco pistoleros en una situación extraordinariamente precaria.

En primer lugar, han recibido orden de la cúpula de permanecer quietos, sin moverse. El mensaje que se les ha transmitido es que bajo ningún concepto deben salir de sus escondites. Ya no alquilan coches, no roban vehículos, ni realizan ejercicios de entrenamiento. Contravenir esta consigna se paga con la cárcel.

Así ha sucedido en las últimas detenciones. El presunto miembro de ETA Saúl Curto López fue detenido por la policía francesa el pasado lunes día 22 en la localidad francesa de Puy Saint Gulmier, municipio situado a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Clermont Ferran, capital del departamento de Puy de Dome.

Curto López, de 32 años de edad y natural de Bilbao, había pasado a la clandestinidad en el año 2009 y fue interceptado cuando circulaba a bordo de un turismo Citroen C-4 que había sido robado el pasado mes de mayo.

Así mismo, el pasado domingo la Guardia Civil detuvo en un hotel de Mâcon, a 70 kilómetros de Lyon, a Izaskun Lesaka y Joseba Iturbide. Lesaka es la jefa del aparato militar de la banda terrorista que sustituyó a Mikel Kabikoitz Carrera Sarobe, alias ‘Ata’. Formaba parte de la facción más ‘dura’ de la banda desde que se produjo el enfrentamiento entre Txeroki, Ata y Thierry. Los dos detenidos se había dejado ver en exceso.

Según los expertos de la lucha antiterrorista, los ‘liberados’ viven ahora en medio de una especie de psicosis. La idea de que están infiltrados se ha convertido en obsesión. La amenaza de una detención es constante y permanente. Creen que tienen a la Policía y la Guardia Civil encima.

Están malviviendo y algunos se han quejado a sus familias. También a la dirección de la banda. Procuran alojarse ya sólo en casa seguras, de parientes o conocidos.

Está situación está provocando algunas desafecciones. Crecen los partidarios de acabar de una vez por todas con esta situación. Son los llamados “posibilistas”. Sin embargo, hay datos fehacientes de otros elementos que insisten en seguir con la lucha armada. No van a dejarlo.

La clave va a estar, explican los expertos, en cómo presente la cúpula de la banda su final. Parece claro van a evitar por todos los medios que se ‘venda’ como una derrota.

Hay otro dato relevante en poder de la lucha antiterrorista: los exiliados de la banda en Sudamérica también han hecho llegar a los jefes su predisposición a que todo acabe, a que se ponga fin a esta precaria situación. Están a favor de optar, por ejemplo, por el famoso “plan de acogida”. La mayoría de ellos sostiene que cuantos antes pongan fin a esto, mejor.

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