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¿Por qué anda el PSOE de los nervios?

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Las encuestas consolidan un lento declive de los socialistas y la crisis pasa factura. Las dos últimas semanas se ha podido ver a un Gobierno muy tenso.

-         Alakrana, Ley del Aborto, SITEL… En las dos últimas semanas, los Plenos del Congreso han sido muy difíciles para los socialistas, a los que se les ha podido ver muy tensos, notablemente a gentes de tanto peso específico como De la Vega o Rubalcaba. ¿Por qué está tan irritado el Gobierno? ¿Por qué, de pronto, la crispación ya no parece ser cosa de la oposición?

-         En primer lugar, las encuestas hablan por sí solas. Pese a que PP, CiU y Coalición Canaria hablan de un claro sesgo a favor del PSOE, el PP se consolida por segundo trimestre consecutivo como la fuerza política más atractiva. A la primera ventaja de 1,2 puntos le siguen los últimos datos de 3,3 puntos por delante del PSOE. Y en Génova, Pedro Arriola cocina sus propios datos y adelanta que la ventaja real está entre 5 y 6 puntos. Justo la ventaja que dan medios tan distintos como Público o Antena 3. El PSOE, además, nunca ha estado tan bajo en intención de voto en estos años.

-         ¿Qué indican esas encuestas? Dos cosas. En primer lugar, que el PP está afirmando un suelo de ventaja suficientemente sólido y amplio. En segundo lugar, que esa ventaja debe leerse como tendencia, y la tendencia es a ampliar la diferencia a favor del PP.

-         Las encuestas, además, duelen muy especialmente en el PSOE por un dato: Zapatero ya no engancha como enganchaba antes. Él es el principal capital del PSOE, él es el que gana las elecciones y mantiene unido al partido. Como suele suceder con los presidentes del Gobierno, sigue siendo el líder mejor valorado, pero las últimas encuestas del CIS lo sitúan también en su porcentaje más bajo de estima –el 4,11, en concreto. Y eso, pese a que el Gobierno sigue la estrategia mediática de resguardar lo más posible a Zapatero.

-         Además de las encuestas, diversas estrategias de los socialistas les han salido mal. Ante todo, la buscada identificación del PP con la corrupción, llevada a cabo muy especialmente por Pérez Rubalcaba. Las múltiples ramas del Caso Gürtel no han fortalecido a los socialistas ni en Madrid ni en Valencia ni han lesionado demoscópicamente al PP. Al contrario, como bien saben los ‘populares’, el Gobierno se ha hecho daño a sí mismo: ahora son los políticos, y no sólo el PP, los considerados como uno de los mayores males de España, y preocupa la corrupción de la clase política en general, no la del PP en particular. Toda la presión ejercida por el PSOE en este ámbito les ha salido mal, pese a medidas tan extraordinarias como intentar personarse en una cuestión tan delicada como acusar de financiación ilegal a otro partido.

-         Cunde también la percepción del enorme trabajo que le está costando al PSOE sacar adelante sus iniciativas parlamentarias con el método de la “geometría variable”. Eso indica que no hay alianzas permanentes, y que el Gobierno tiene que transigir y negociar punto por punto cada cuestión, al tiempo que abre las críticas de todos los demás partidos. El PSOE ya no tiene un ‘cordón sanitario’ que mantenga al margen al PP. Al contrario, como se vio en la negociación de los Presupuestos, el PSOE salva los muebles con concesiones que son percibidas como tales concesiones, además de cómo improvisación. Además de los Presupuestos, cuestiones como las de la Ley del Aborto muestran hasta qué punto el PSOE ha perdido su capacidad de cohesionar y convencer.

-         Por último, las acusaciones de descoordinación han arreciado a propósito del secuestro del Alakrana, junto a la falta y confusión de informaciones. Ni De la Vega, ni Chacón, ni el propio presidente han logrado transmitir en ningún momento que la situación estuviera bajo control o que el Gobierno estuviera actuando con determinación en un sentido, y ateniéndose en todo momento a la legalidad. La misma acusación de falta de credibilidad afecta al ámbito económico y laboral, ámbitos en los que Zapatero no opta por reformas y sus ministros Salgado y Corbacho no logran convencer ni a sus propios compañeros de filas.

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