Martes 16/01/2018. Actualizado 18:59h

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Por qué el rey de Marruecos acosa a España

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El rey don Juan Carlos ni siquiera intervino cuando el caso Aminatu Haidar. ¿Qué ha pasado ahora para que tenga que mediar con el rey de Marruecos?

-         El hecho de que tenga que ser el rey Juan Carlos quien intervenga muestra una clave de las relaciones bilaterales: los contactos del Gobierno español con el Gobierno de Marruecos son indiferentes, porque es con el rey Mohamed con quien hay que tratar. En políticas de calado, nada ocurre sin que él lo permita.

-         Y, lamentablemente, el Gobierno español no tiene acceso al monarca ni a su entorno inmediato, acceso del que sí gozan los franceses por tradición, aunque Sarkozy sea más tibio en las relaciones con Marruecos que Chirac. Miguel Ángel Moratinos no se ha dado cuenta que la vía del ejecutivo marroquí no lleva a parte alguna, como tampoco se ha dado cuenta de que Marruecos no necesita tener en España a un amigo: para amigos, ya tiene a Francia, que es más poderoso y le da menos problemas.

-         Por otra parte, hay que tener en cuenta el perfil del propio Mohamed VI: no es, precisamente, un hombre proespañol, sino lo contrario. Y, aunque haya impulsado algunas reformas positivas en Marruecos, es una persona con una crónica y preocupante inmadurez de carácter, caprichoso, celoso, tendente a la precipitación y al arrebato, como se pudo ver en su toma del islote Perejil.

-         Con todo, para Marruecos no es un problema que estén turbias las aguas de las relaciones bilaterales. Al contrario. Siempre puede sacar fruto de su papel de víctima en los foros internacionales: la opinión mayoritaria en el mundo, incluso entre los aliados de España es, por ejemplo, que Ceuta y Melilla son “ciudades marroquíes” bajo soberanía española. ¿Cómo no se va a simpatizar internacionalmente con uno de los pocos países donde el Islam es moderado? Por eso se le tiende a conceder todo.

-         Por otra parte, Marruecos puede molestar a España más que España a Marruecos. Pongamos que España congela la ayuda al desarrollo: Marruecos se quejaría tan amargamente que resulta algo imposible de hacer. Pero ese es sólo un ejemplo: Marruecos nos puede molestar con Ceuta y Melilla, con acusaciones de racismo (que son imposibles de quitar, ¿cómo demuestra uno que no es racista?), con las plazas de soberanía, con el tráfico de drogas, con la emigración, con la expulsión de cristianos españoles (como ha sucedido este año), con la pesca, con concesiones empresariales que se nos niegan, o reprochándonos nuestra tibieza promarroquí respecto del Sahara Occidental. Es más, el rey Mohamed ni siquiera tuvo el gesto de venir a Granada para la firma del acuerdo bilateral UE-Marruecos, acuerdo tremendamente beneficioso para Marruecos, que España ha impulsado de modo preferente.

-         Por otra parte, no se puede defender aquello en lo que no se cree. Marruecos toca ahora un punto especialmente débil de España: las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, las plazas de soberanía en el norte de África y las acusaciones de racismo. No pocas personas en Exteriores, algunas del más alto nivel, son secretamente partidarias de entregar a Marruecos las plazas de soberanía del norte de África –islas Chafarinas y peñones de Alhucemas y Vélez de la Gomera, en el entendido de que a España sólo le causan problemas y envenenan las relaciones bilaterales. Por supuesto, ningún diplomático español formularía esta visión en público –salvo el polémico, y muy bien visto por el Gobierno socialista, Máximo Cajal.

-         Ese sería el paso previo a la dación de Ceuta y Melilla, ciudades autónomas que altos cargos de la Administración española dan por perdidas a largo plazo porque la tradicional dependencia del norte de Marruecos de Ceuta y Melilla se ha trocado por la dependencia de ceutíes y melillenses de la mano de obra y las mercancías que llegan por carretera. Con todo, no pocos diplomáticos consideran que mantener las plazas de soberanía y las ciudades autónomas son datos muy positivos, en tanto que permiten tener una baza para presionar a Marruecos: por ejemplo, causar retrasos en los pasos fronterizos, etc. Téngase en cuenta que la monarquía alauita ha sido tradicionalmente vista con desafección en el norte del país.

-         Por otra parte, como se señalaba, otro punto de dolor para España son las acusaciones de racismo y mala gestión de los pasos fronterizos. España puede alegar que –como mostró la nula xenofobia tras el 11M- en el país no hay racismo antimarroquí, al tiempo que desde la frontera francesa hay señalización en árabe para los emigrantes que vuelven en coche a Marruecos –miles y miles cada año, por el puerto de Algeciras.

-          En círculos de expertos en el Magreb, los hechos acaecidos durante estos días se explican como venganza por el sobrevuelo de una aeronave española de aprovisionamiento, en dirección al peñón de Alhucemas, por encima del yate en que navegaba Mohamed VI. El rey marroquí montó en cólera y España tuvo que suspender los vuelos, abonando así la teoría de algunos miembros de Exteriores, según la cual esas plazas de soberanía le sobran a España. El Gobierno español cedía a las peticiones del monarca marroquí, como cedió antes retirando atnenas del CNI en el norte de Marruecos, este mismo año.

-          Y es que no hay gesto español que disguste en Marruecos que no tenga respuesta. Sin embargo, esa respuesta obedece a un patrón de las relaciones que, de nuevo, favorece a Marruecos: España tiene un gobierno que cambia cada pocos años y una democracia que controla al ejecutivo; en cambio, Marruecos tiene un monarca vitalicio con poder ejecutivo, que sabe que el tiempo corre de su parte para devolver los golpes.

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