La voz del lector

Manila en el 450ª aniversario de su fundación: 1571-2021

Monumento a los últimos de Filipinas en Madrid.
photo_camera Monumento a los últimos de Filipinas en Madrid.

El pasado 24 de junio de 2021, en la iglesia de S. Agustín, en Intramuros de Manila tuvo lugar una ofrenda floral ante la tumba del adelantado Miguel López de Legazpi en la conmemoración del 450º aniversario de la fundación de la ciudad de Manila. La celebración ha pasado desapercibida en España. Es posible que se considere superflua, extraña a nuestra actualidad noticiable, pero las Islas Filipinas todavía laten en el sentimiento de numerosos españoles descendientes de quienes nacieron en aquellas lejanas tierras. Solamente oír su nombre evoca recuerdos de un tiempo palpitante de emociones, de adioses, encuentros y distancia; de mares, playas y selva.

No fueron las Filipinas lugar predilecto para buscar destino administrativo, militar o comercial: el clima, los volcanes, la selva, la distancia y leyendas embriagadas de habladurías desalentaban toda ambición emprendedora.

Además, los viajes marítimos a Manila eran una experiencia inclemente para muchos. 

Una primera ruta partía desde Cádiz doblando el cabo de Buena Esperanza para acometer  el océano Indico hasta llegar al Pacífico y de allí a las Islas. La navegación empleaba hasta  cinco meses y la convivencia en ese espacio tan acotado de la embarcación, el transcurrir continuo y lentamente de tantos días, solía resultar incómoda.

Otra, empleaba sólo un mes de navegación y era la usual desde la apertura del Canal de Suez

Manila, también conocida como la Perla de Oriente, se alza en la ribera sur del rio Pasig, llana y rodeada de juncos y palmas arecas. En el horizonte, los montes de S. Mateo. Ciudad cosmopolita, que en el s. XIX la integraban filipinos, españoles, chinos, japoneses, europeos  y malayos.

Fue diseñada por Legazpi en 1571: trazó la plaza mayor y ubicó la catedral y el ayuntamiento o cabildo. Reservó unos terrenos para construir un hospital y entregó otros para los agustinos que le acompañaron en la expedición marítima desde Natividad en Nueva España. Allí fundan la Iglesia y el Convento de S. Agustín, el más antiguo del país, hoy Patrimonio de la Humanidad. Se convirtió en capital del archipiélago y sede de la capitanía general de Filipinas o Indias Orientales.

Felipe II, el 21 de junio de 1574, le otorgó los títulos de Insigne y Siempre Leal Ciudad, privilegio que en España no poseen, aun hoy, muchas ciudades y villas.

Era considerada una de las ciudades medievales mejor conservadas del mundo, a decir de  muchos viajeros de la época. Antes del terremoto de 1863 contaba con una fortificación de estilo europeo junto a construcciones públicas de gran belleza arquitectónica. Numerosas casas particulares coloreaban la estampa.

Un puente de piedra sobre el rio Pasig permitía transitar desde la Manila intramuros o parte más histórica de la ciudad a la Manila extramuros, más moderna, que abarcaba a pueblos contiguos.

Aquel seísmo del 3 de junio de 1863, el más terrible del que se hayan tenido noticias, destruyó la ciudad en su totalidad, pero resurgió de nuevo a costa de mucho sacrificio de sus gentes y de Madrid que aportó todo lo que pudo en unos momentos que no eran los mejores en la España de Isabel II. Es el sino de estas tierras, tan exuberantes en su frondosidad y belleza como en lo extremado de fenómenos climáticos.

Su puerto era refugio del tráfico marítimo procedente del Índico por el estrecho de Gilolo. Punto medio en donde encontraban abrigo las travesías mercantes procedentes de Japón, China, Anam… cuando surcaban el mar Occidental de Filipinas.

La presencia religiosa fue amplia y extensa. Las aportaciones humanistas, sean culturales, sanitarias, sean educativas y económicas, fueron intensas y con resultados notables. Promovieron avances en el cultivo del arroz, así como productos agrícolas traídos desde  América, como el maíz, el cacao, el índigo, el café o la caña de azúcar (Bourne,1902).

La fe católica fue asimilada muy rápido por los filipinos. Las distintas ordenes difundieron la idea de la dignidad de la persona que era desconocida en aquellos territorios. El hombre posee unos derechos inalienables y permanentes que eran respetados además por las leyes de la corona de España. Los isleños, integrados por tagalos, ilocanos y bisayos, se sintieron protegidos por los descubridores e identificados plena y profundamente con todo lo español.

Una de las aportaciones católicas más importantes fue la Real y Pontificia Universidad de  Santo Tomás, fundada en intramuros de Manila con el consentimiento de Felipe III en 1609: es la universidad más antigua de Filipinas y de toda Asia. Circunstancia que hoy cobra un gran significado porque se encuentra en una de las regiones neurálgicas que emerge en aquel  continente. 

La creación de hospitales es datada desde 1574. La medicina como ciencia era desconocida, solamente existían curanderos y chamanes que empleaban rituales basados en magia y  superstición. Los hospitales paliaron la carestía de sanidad para los filipinos, pero también  para chinos que viajaban a las islas. Para estos, en particular, se construyó el hospital de S. Gabriel en 1588 (Casero Nieto, 1982).

España siempre se volcó hacia estas tierras durante los 377 años que duró su presencia. Introdujo el arado, la rueda, el regadío, fundó pueblos y ciudades, implantó el sistema administrativo y judicial, creó hospitales, universidades y el primer sistema educativo público.

No puede admitirse que fueran territorios sometidos a la metrópoli sino, más bien, genuino suelo español y sus ciudadanos sin un derecho menos que los peninsulares europeos. La concepción colonial europea del s. XIX no puede aplicarse de ningún modo porque las Filipinas y España eran una misma cosa.

Desde el siglo XV, todo territorio descubierto era asimilado a suelo patrio en igualdad de  condiciones y los nativos considerados como personas y, por ello, protegidos por la Corona y la Iglesia en tal concepto.

Sobre este hecho encontramos la gran diferencia de trato dispensado por España y su cultura inclusiva frente al de otras potencias europeas más extractivas en bienes y mano de  obra. Un ligero matiz que cambia toda perspectiva y que reclama un juicio acorde con la  gran generosidad que se tuvo en una época en que esto no era lo usual y frecuente. En donde  nuestra religión promovió humanidad en detrimento de egoísmos en pos del bien común.

Las instituciones existentes en las Islas, antes de que el Tratado de París de 1898 nos obligara a abandonarlas, eran las mismas existentes en cualquier lugar de España, entre ellas: el Jardín  Botánico de Manila, la Sociedad Económica de Amigos del País de Filipinas. Las diversas escuelas: de náutica, de idiomas, de dibujo, de pintura, de maestros… El Observatorio  Meteorológico de Manila, la Casa de la Moneda, la Administración Central de Loterías, la Inspección Forestal (y los importantes trabajos científicos desarrollados por los ayudantes agronómicos).

Hay un detalle que merece atención en Manila: una estatua de Carlos IV en agradecimiento  al envío de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna que llegó a Filipinas en 1805 para  combatir la mortal viruela. El monumento se encuentra en la plaza de Roma, enfrente de la  Catedral y del antiguo palacio del gobernador. Un reconocimiento sincero de un pueblo que valoró el gesto de un rey que amó a su pueblo.

En la actualidad, el filipino guarda este legado cultural como suyo porque en él hunde sus  raíces y encuentra su identidad, imprimiéndole unas características diferentes a las dominantes en otras regiones asiáticas.

Yo creo firmemente en la existencia de un sustrato emotivo que se mantiene en aquellos filipinos que guardan la memoria de sus antepasados. Y creo que todo ello debería ser atendido apelando a lo que el pueblo filipino fue, sintió, amó y vivió. La cosmovisión de la vida dada por aquellos españoles no ha desaparecido completamente.   

Varias centurias no pueden ser eclipsadas por lo esporádico que se implantó en estas islas en 1899 aunque positivo es que se emprendan nuevos recorridos para que lo español vuelva a discurrir por sus cauces naturales.

En el 450º aniversario de la fundación de la ciudad de Manila, en junio de 2021, al menos, una reflexión sobre la amplitud espacial que tuvo España sería propiciatoria para superar un bucle reduccionista que nos hace más vulnerables e irrelevantes en cultura y todo lo bueno que ella ofrece

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