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El rey habla alto y claro

Ha sido el discurso más importante que ha pronunciado desde que es rey. Más incluso que el que desgranó con ocasión de su llegada al trono.

Cuando, hace cuatro años, Felipe VI asumió la corona, aquella intervención fue algo así como la presentación, el enunciado de sus compromisos con España y los españoles, la expresión de una voluntad.

Lo de ayer ha resultado mucho más serio.

Felipe VI ha querido afrontar un problema grave, que amenaza la integridad del país, incluso la propia democracia, y no ha dudado en dar la cara. Esta vez sin las prevenciones del pasado, sin las precauciones y los miedos que estaban empezando a ser constitutivos. Porque el desafío lo merece y lo exige. Era, en fin, necesario.

Nunca habíamos visto al rey tan contundente, tan rotundo, tan decidido, tan firme… tan ¿convencido? de lo que decía o quería decir. Sin paños calientes, él mismo calificó, al principio, la situación de “muy grave”, y la final como de “extrema gravedad”.

Consideró llanamente “ilegal” la actuación de las autoridades catalanas, les acusó de haber incumplido la ley de manera deliberada, de “deslealtad inadmisible”, de haber quebrantado los principios democráticos, de “conducta irresponsable”, de inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas catalanas, y de haber actuado “al margen del derecho y de la democracia”.

Como digo, alto y claro. Incluso enarbolando en ocasiones el dedo índice de las manos para proyectarlos hacia las cámaras.

Se dirigió luego a los catalanes de buena voluntad, diciéndoles que “no están solos”, y asegurándoles que hay un sitio para ellos en esta España de todos.

Lanzó finalmente un mensaje de confianza y esperanza: “saldremos adelante”, orgullosos de lo que somos.

Terminó expresando su determinación para hacer frente a estos desafíos, remarcando el compromiso de la Corona (suyo) con la Constitución y la democracia, con la unidad de España.

Seis minutos de una alocución que, estoy seguro, se ha empeñado en protagonizar, tal vez hasta imponiendo su punto de vista frente a terceros de dentro o de fuera. Unas palabras que, por el tono y modos, pero sobre todo por los contundentes términos utilizados, seguramente no habría pronunciado Mariano Rajoy.

Felipe VI ha mostrado, por primera vez, su propio estilo, hasta ahora semioculto en los miedos que han atenazado en gran medida La Zarzuela. No hay duda de que está corriendo un riesgo. Pero en las ocasiones excepcionales, como ocurre actualmente, no cabe esconderse, y hay que sacar lo que se lleva dentro, que en este caso es mucho.

No ha constituido, en mi opinión, el “otro” discurso del 23-F, porque España no está hoy en situación tan extrema como entonces. Pero hacía falta. También por el propio bien del protagonista. Y porque ya era hora.

Puede decirse que anoche los ciudadanos de este país pudieron ver un poco más qué rey tienen. Mejor dicho, tenemos.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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