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Métele el teleobjetivo por... la ventana

¿Qué nos pasa con la privacidad? ¿Existe un doble rasero a la hora de juzgar la intimidad de las personas? ¿Por qué unos secretos personales deben salir a la luz y otros son deleznables cuando se difunden? ¿No deberíamos hacérnoslo mirar?

Lo digo porque el diario El Mundo acaba de alquilar un piso frente al Hospital Carlos III de Madrid para sus fotógrafos, que han dirigido sus teleobjetivos a la ventana de la habitación donde se recupera la auxiliar de enfermería contagiada por Ébola. Y eso no ha gustado mucho.

Sin embargo, ahí está media España hozando entre los morbosos conceptos y cargos realizados privadamente por unos señores de Caja Madrid que han visto violada su presunción de inocencia (aún no han sido juzgados) y su intimidad al ver esas compras y los apuntes que se detallan circulando de mano en mano por toda España. Nadie piensa que esté mal hacerlo. ¿En qué quedamos?

A John Galliano la casa Dior lo puso de patitas en la calle cuando salió a la luz un vídeo ‘robado’ en un café de París donde el diseñador, en privado, a altas horas de la noche y visiblemente ebrio, manifestó que adoraba a Hitler y su política de exterminio en cámaras de gas.

El editorialista de la web británica Spiked ya se refirió a esta curiosa paradoja hace un mes. Brendan O’Neill mostró su perplejidad ante lo que nos está sucediendo. El robo y divulgación de fotografías con desnudos de algunas celebridades merecen la repulsa de los medios de comunicación. Sin embargo, otros tipo de invasiones de la intimidad son aceptadas e incluso merecen felicitaciones.

O’Neill recordó otros dos casos llamativos. La prensa británica divulgó y analizó minuciosamente los mensajes privados que se intercambiaron dos directivos del fútbol de su país. Al final, esas dos personas fueron forzadas a dimitir por aquellas conversaciones.

El pasado mes de abril, el ex directivo de baloncesto norteamericano Donald Sterling fue suspendido de por vida como directivo de la NBA a raíz de una conversación telefónica interceptada en la que se refería de forma peyorativa a los negros.

¿En qué quedamos? ¿No se viola en todos los casos lo mismo? ¿Un individuo no debe ser libre para pensar, decir, recuperarse de una enfermedad en un hospital o posar como quiera en privado, sin estar sometido a la mirada y al juicio ajeno?

¿Por qué si el teleobjetivo del fotógrafo de El Mundo que enfoca la habitación de Teresa Romero logra captar mañana que los enfermeros del Carlos III celebran una orgía con abundante champán y mariscos, a cuenta –además- de una de las tarjetas de Caja Madrid, el heroico periodista pasa de la categoría de “morboso carnicero” a la de “profesional ejemplar que defiende el bien común”?

La respuesta es sencilla. La clave está en la voluntad del fotógrafo. La moralidad de una acción no depende de su resultado o del medio empleado para conseguirlo, sino de lo que persigue la persona.

Entiendo la perplejidad de aquellos que están convencidos de que la bondad o malicia de los actos humanos depende de la cantidad de bien que se produce con una acción o de la utilidad que termina teniendo el acto en cuestión. Por eso, dirán estas personas, una grabación de voz ‘robada’, un teleobjetivo indiscreto o un hacker que saquea la memoria de un móvil son inocentes, inocuos en sí mismos. Serán buenos o malos dependiendo de lo que produzcan.   

No estoy de acuerdo. Fundamentalmente porque la vida no es así. La moralidad de los actos humanos no está fuera del sujeto sino dentro de él.

Para que se me entienda, nadie agarra una cámara de fotos con un teleobjetivo gigante y sale de casa sin una finalidad previa; así, sólo por cogerla. Uno puede sujetar un cuchillo de cocina para trocear el filete del plato o para darle matarile al vecino porque tiene la música alta. Ahí está la clave. Pues lo mismo con un micrófono oculto o con el hacker que se dispone a entrar en un ‘smartphone’ ajeno. Todos ellos se mueven con una intención previa y eso es lo que define si hace bien o mal.

Este es, por cierto, un deporte muy practicado hoy en día. Se tiende a juzgar las acciones como correctas o incorrectas, lícitas o ilícitas, obligatorias o prohibidas. Todo es ponderado así, desde el exterior. Es una ética de actos y normas, que juzga las acciones desde fuera, desde el punto de vista exclusivamente físico. Por eso se llega a defender incluso que el fin (lograr algo meritorio) justifica los medios, cuando lo acertado o equivocado de una acción no está fuera del hombre.

Así es normal que haya cosas que no se entiendan, claro.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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