Opinión

Pongamos que hablo de Madrid

Fuente de Cibeles, en Madrid.
photo_camera Fuente de Cibeles, en Madrid.

Como les pasa a tantas metrópolis, nadie es de Madrid aun siéndolo de toda la vida. Ese rasgo lo comparte con las grandes urbes internacionales, que son también un gigante abrazo para el que venga de donde venga. Quien se sienta forastero en la capital de España o falta a la verdad o anda regular de entendederas. He escuchado a pocos madrileños decir que son de allí desde que a Felipe II le dio por instalar su sede regia en las riberas del Manzanares. Más bien te cuentan, al escuchar tu acento, que un conocido suyo era de esa misma procedencia, o te relatan sus vivencias en ella, siempre subrayando la exquisitez del plato que simbolice tu gastronomía. 

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El carácter acogedor del madrileño no pugna con los rigores que deben sufrir como principal ciudad del país, con una población en progresiva expansión y receptora de cientos de miles de viajeros o estudiantes. Conocen bien que ese es uno de sus motores económicos, que les ha convertido en verdadera meca de la prosperidad aun en los peores momentos. 

Aunque atesore un patrimonio cultural inigualable, el inmaterial sigue siendo su gran atractivo. Y sus innumerables rincones, donde te puedes tomar un vermú o una cerveza en vaso pequeño mientras asistes a una película costumbrista en directo, con conversaciones imposibles de reproducir en ningún otro sitio. El tono chulesco del ejque madrileño yendo de garitos nada tiene de antipático, porque mola mazo. 

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De estar bañada por el mar, libre de subsecretarios y tener más de dos estaciones climatológicas, sería imbatible. Aun así, compite con paraísos bendecidos por esas condiciones naturales que se han vuelto desagradables precisamente por no contar con el paisanaje hospitalario y sociable que los gatos brindan a diario. Mil veces prefiero Madrid un día de cielo frío y encapotado a cualquier preciosa localidad costera con tiempo primaveral en la que te miran mal al hablar en el idioma que entienden a la perfección, pero no les da la gana de usar por motivos mastuerzos.

Comprendo a los que huyen de poblaciones populosas y buscan refugio en aquellas más pequeñas. O en los pueblos. Muchos madrileños lo han hecho en los últimos tiempos y otros se lo están pensando. Pero existen legiones de personas llamadas a compensar ese éxodo en dirección contraria, atraídos por el neón de los cines de la Gran Vía, el esplendor histórico de la Plaza Mayor, el sabor del cocido o de los callos, el humo de los habanos en la temporada taurina, el prestigio de su educación superior o la intensa programación cultural o deportiva, equiparable al de las primeras referencias universales en esos terrenos.

Pese a que todavía queden algunos zoquetes capitalinos que ejercen como tales cuando se escapan a provincias, pensando inocentemente que nadie se pitorrea de su presuntuosa arrogancia, con el tiempo se han convertido en una patética especie en extinción dado el acentuado proceso de uniformidad social que hemos experimentado en las últimas décadas, y que no permite apreciar diferencias significativas entre españoles de una u otra región. Esa ridícula altanería es ya una reliquia del pasado, salvo para los cuatro pocholos y borjamaris que siguen pensando que todo es cosa del complejo de inferioridad rural.

Madrid, donde se cruzan los caminos, donde el sol es una estufa de butano y la vida un metro a punto de partir, sigue siendo villa y corte imperial. Y un inmejorable ejemplo de cómo deben abordarse tantísimos asuntos. Un lugar que siempre invita a volver, porque nunca ha dejado de ser el profundo orgullo de una España clásica y moderna que continúa dejando boquiabierto al mundo entero.

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