Opinión

Retos sanitarios en la envejecida población de occidente

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         No hay problemas sanitarios solo en Madrid. La alarma por el déficit de profesionales de la salud se viene repitiendo en la mayor parte de los países occidentales. La OMS estima que harán falta quince millones más de aquí al 2030. La movilidad laboral en Europa complica la cuestión: así sucede, por ejemplo, con médicos y enfermeras formados en España en números tasados –especialmente de médicos-, que se trasladan a otros países de la Unión Europea con mejores condiciones laborales o expectativas de especialización. Por ejemplo, en Alemania, un médico de cada cinco ha nacido en el extranjero; o en el Reino Unido, Boris Johnson prometió, antes de dimitir, la contratación de seis mil nuevos médicos generalistas antes de 2024 y la renovación o construcción de cuarenta hospitales.

         No es del todo positiva la experiencia del numerus clausus establecido desde arriba, en diversos países: se aplica taxativamente a cada centro educativo, en función de su capacidad formativa y de las previsiones generales sobre las necesidades futuras del país (se están demostrando alejadas de la realidad).

         La salud en un mundo desarrollado y envejecido plantea desde hace tiempo demasiadas variantes –así, aumento a la vez de la esperanza de vida y control de las enfermedades crónicas-, que han crecido casi ilimitadamente con la pandemia del covid. Todo el mundo valoró y agradeció sin tasa un trabajo agotador mantenido durante meses, que causó también bajas imprevisibles por la propia agresividad del virus. Fue tiempo de promesas, que han acentuado quizá las decepciones actuales.

         A esta contribuye ver cómo –en no lejanas contiendas electorales en diversos países occidentales- se utilizaba partidistamente a los ciudadanos y a sus cuidadores, con injustas simplificaciones ideológicas. Unos y otros sintieron con frecuencia la sensación de ser tratados como meros números y de convertirse en moneda de cambio. Muchos líderes políticos no han sabido estar a la altura de las circunstancias, ni parecen haber aprendido la lección, con el consiguiente perjuicio social.

         Influye también la progresiva tecnificación de los servicios sanitarios. Hay demasiado control, tanto en el sector público como en el privado, por razones económicas y administrativas. La esfera privada conoce el riesgo de la mercantilización –primacía del afán de lucro-, pero ese peligro no está superado en la pública, por el excesivo afán de ajustar gastos en función de objetivos presupuestarios demasiado pragmáticos.

         Todo confluye hacia una creciente burocratización, que se manifiesta en la práctica en la cantidad de tiempo empleado por médicos y enfermeras en escribir (a veces, con una lentitud desesperante por falta de habilidad con los teclados). No es ajena tampoco a este fenómeno la presencia de buitres jurídicos a la caza de casos de supuestos errores médicos para obtener indemnizaciones. Bien está el consentimiento informado, pero tanto curarse en salud recuerda aquello del summum ius summa iniuria.

         No sirven las recetas populistas en una sociedad tan compleja. No se pueden resolver los problemas desde enfoques simplistas. Porque no cabe  atender a todo y ya. De ahí la necesidad de adoptar soluciones y prioridades con visión de conjunto y de futuro, más allá de ideologías arcaicas y de intereses partidistas: porque, en rigor, se tomar medidas más o menos espectaculares, pero ineficientes a largo plazo e incompatibles con esa solución habitual de los problemas cotidianos, que han sido atendidos con eficacia y proximidad por los modestos centros de salud.

         A mi entender, son peligrosas las dicotomías entre aspectos que se presentan dialécticamente casi como incompatibles. Todos tienen su importancia: es preciso abordarlos desde objetivos y medios razonados, que atiendan a la investigación científica, a la innovación, a la constitución de equipos punteros en grandes hospitales; a la vez, al equilibrio de la atención médica cotidiana, tanto urbana como rural; a la preparación y formación continua de los profesionales –más larga y exigente que en otros campos-; a sus condiciones laborales con la adecuada retribución económica y, sobre todo, a su participación en la toma de las decisiones. Porque si en algún ámbito resulta patente el desfase del sindicalismo y la necesidad de autonomía responsable en la gestión, es en la medicina. Por el bien de todos, más allá de ideologías.

 
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