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Eutanasia por pobreza

Canadá es uno de los países con la legislación sobre suicidio asistido más permisiva, lo cual produce casos lamentables

"No hay nada más individualista que pensar que la decisión de las personas sobre su vida no tiene mayor repercusión" (entre comillas).
photo_camera "No hay nada más individualista que pensar que la decisión de las personas sobre su vida no tiene mayor repercusión" (entre comillas).

El pasado día 15 la ONU decidió conmemorar el Día de los 8 mil millones de personas, el número de habitantes que habitamos la tierra, y la revista británica Spiked aprovechó la ocasión para contrarrestar los argumentos apocalípticos. Digamos que, aunque hay nubarrones en el horizonte, no se han cumplido las profecías de los antinatalistas. La misma publicación dedica un artículo al caso de Amir Farsoud, quien engrosa el número de los vivos por los pelos. De no ser por la afortunada casualidad que hizo viral el vídeo de City News que contaba su historia, posiblemente Farsoud habría recibido asistencia “médica” para morir.

Así lo explica Kevin Yuill en un texto que subraya la pendiente resbaladiza por la que se inclina, lo quiera o no, el país que legaliza la eutanasia. Yuill ha estudiado la problemática del suicidio asistido y sabe de lo que habla.

En primer lugar, hay que aclarar que las leyes no son neutras y de la abstracción con que se redactan a la problemática del día a día hay un trecho bastante largo. Piensen en lo ocurrido con la ley del sí es sí, que ha dado lugar a un goteo creciente de solicitudes para revisar las penas. ¿Seguro que el inconveniente procede de la educación machista de los jueces? Hay que ser poco realista y bastante ingenuo para legislar a brocha gorda y después culpar de lo que ocurre a quien se encarga de aplicar la ley.

Lo de Farsoud ha vapuleado a la opinión pública porque, al parecer, en Canadá se puede solicitar la eutanasia al médico de cabecera, quien firma la petición como si fuera una baja. Y aunque bien mirado lo es -una baja especial, definitiva-, el caso es que Farsoud, discapacitado, no quería morir; el problema es que estaba a punto de ser desahuciado de su vivienda y no disponía de recursos. “No quiero morir -comentaba en una entrevista-, pero tampoco quedarme sin casa”. Y eso le causaba sufrimientos indecibles.

Lo grave es que el médico de cabecera firmó su petición. Le faltaba para acceder a la inyección una autorización más. Su proceso se ha detenido porque ha encontrado apoyo y donaciones, pero uno se pregunta cuántos Farsoud no contaron con esa resonancia pública ni encontraron el apoyo popular. Cuántos Farsoud, en fin, no han podido ser contabilizados ya en el día de celebración de la ONU.

Este caso sirve de réplica para quienes piensan que las leyes sobre suicidio asistido son una forma de asegurar la libertad de los individuos. ¿Qué demonios tenemos que ver los demás en esa decisión personal?, se pregunta. Pues mucho, podríamos contestar, porque no somos existencias independientes, sino seres vivos con vidas entrelazadas, de modo que su suerte es la mía. Y viceversa.

A la luz de esto último, la eutanasia es un fracaso social: ¿acaso no somos un poco responsables de que alguien quiera bajarse de nuestro barco?  Quienes apuestan por legalizar el suicidio asistido insisten en que, con los mecanismos de control necesarios, se puede garantizar que se practique en condiciones. Los expertos no dicen lo mismo y hay datos suficientes para afirmar que, como sostiene Yuill, aun aceptando la eutanasia únicamente para el supuesto de enfermedades terminales, al final supone abrir la caja de los truenos.

Ver la muerte como la forma de acabar con el sufrimiento obliga a plantearse una pregunta que solo se puede resolver subjetivamente: ¿cómo diferenciar el sufrimiento insoportable del que no lo es? ¿Quién tiene en su mano la lente capaz de discernir entre ellos? Y si el que sufre puede ver alterada su voluntad y hay que tomar precauciones cuando toma otras decisiones quizá más banales, ¿no significa eso que tenemos el deber de ser especialmente escrupulosos cuando lo que está en juego es la “decisión de las decisiones”?

El ejemplo de Farsoud ha provocado el sonrojo de Canadá y no es para menos. Incluso el director de una asociación en defensa del suicidio asistido ha comentado que es una vergüenza. Pero en el debate, no debe olvidarse que lo sucedido tiene una causa, la que aclara Yuill en su artículo: el problema ha sido que “el gobierno canadiense y los tribunales de justicia han tratado la muerte como una forma razonable de acabar con el sufrimiento y como algo que depende de la elección individual”.

 

Pero ¿es que acaso está en nuestras manos aliviar el dolor de otros? En muchos casos, sí. En otros, podemos afrontarlo con ellos, poniéndonos en su lugar y consolándolos. Es evidente que fomentando actitudes individualistas y convirtiéndonos en mónadas como las imaginadas por Leibniz, sin puertas ni ventanas, probablemente no seamos capaces ni de cruzar una mirada con quienes sufren. Y no hay nada más individualista que pensar que la decisión de las personas sobre su vida no tiene mayor repercusión.

Lo sucedido con Farsoud no es excepcional, por triste que suene. Hay muchos como él vagando por un mundo en sombras y quizá nuestro deber hacia ellos sea encender una luz, por muy tímida que sea. Los cuidados paliativos son también, de acuerdo con los especialistas, muy importantes para que la muerte sea auténticamente digna y nadie decida abandonarnos por la puerta de atrás.

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