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Hijo, no quiero ser mayor

Vivimos en sociedades infantilizadas que han idealizado la niñez y ultrajado la edad adulta

Ahora no son los niños quienes desean ser mayores, sino los adultos quienes pretenden retrotraerse a esa edad mítica y dorada en la que supuestamente viven los niños
photo_camera Ahora no son los niños quienes desean ser mayores, sino los adultos quienes pretenden retrotraerse a esa edad mítica y dorada en la que supuestamente viven los niños

Es difícil decir con exactitud qué ha sido más pernicioso: si el mito de la infancia cándida o el de la eterna juventud, pero de lo que no hay duda es que ambos han contribuido a desprestigiar la madurez, ayudando a extender ese espécimen humano que se acicala una y otra vez para ocultar las canas que peina.

Si siguen así las cosas, el proceso de inversión de las generaciones puede consumarse en fechas próximas, cuando de una vez por todas se decida bajar la edad necesaria para introducir papeletas en las urnas. ¿Por qué no hacerlo, si está casi prohibido sugerir siquiera a un adolescente con dudas de identidad que medite sobre su decisión de cambiar de sexo?

“El proceso de inversión de las generaciones puede consumarse en fechas próximas, cuando de una vez por todas se decida bajar la edad necesaria para introducir papeletas en las urnas”

Una medida más progresista sería hacer lo propio con el sufragio pasivo. Y es evidente que habrá quien defienda la decisión afirmando que hay adolescentes que han demostrado dotes de liderazgo incuestionables ejerciendo en la escuela como delegados de sus compañeros. Lo cual, vista la experiencia en la gestión de algunos de nuestros políticos profesionales, no deja de ser una garantía.

Sentimos fascinación por la infancia e idealizamos la juventud. Dicho de otro modo: cumplimos años a regañadientes. ¡Cuánto mal ha hecho, en este sentido, Rousseau! Fue él quien, en su Emilio, ensalzó al niño y condenó al adulto; y el que, retratando la pureza de una infancia prístina, trasladó la amenaza demoniaca a la sociedad.

Rousseau pensaba que el niño es un ser cándido y posee una inocencia colosal, pero a medida que crece se va bestializando, salvo que tome el itinerario educativo que el ginebrino le señala.

La postura de Rousseau se entiende mejor cuando se conocen algunos datos. Por ejemplo, que abandonó a sus cinco hijos en un orfanato. Si no lo hubiera hecho, tal vez habría cambiado de opinión y se hubiera dado cuenta de que los niños son encantadores, pero también unos diablillos traviesos. El otro día un amigo me enseñó cómo su angelito de cuatro años había decorado con témperas un blanco y reluciente radiador de su casa. Si Rousseau hubiera criado a su progenie, tal vez su libro hubiera sido más realista.

Siendo coherentes con esta transposición de la cronología que nuestra cultura fomenta, no tendríamos más remedio que postular un límite para votar, pero por arriba. La idealización de la juventud es paralela al ultraje de la edad adulta. Si el niño vive en el Edén, el mayor habita en el Averno. Si el joven es dinámico, ingenuo y esperanzado, el mayor encarna justamente lo contrario: la parálisis, el descreimiento, el pesimismo.

Esta forma de ver la edad ha cambiado las tornas: ahora no son los niños quienes desean ser mayores, sino los adultos quienes pretenden detener el tiempo y retrotraerse a esa edad mítica y dorada en la que supuestamente viven los niños. La cuestión es ser inconformista.

 

La moda anti-aging tiene consecuencias estéticas grotescas, ciertamente, y es fácil detectar en la calle a quienes, con más o menos éxito, buscan subsanar las arrugas. Pero son incontestablemente más nocivas las psicológicas, pues mucha gente no celebra sus cumpleaños, sino que, simple y llanamente, lamenta soplar las velas. También hay personas hechas y derechas completamente inmaduras y malcriadas, en las que la edad del pavo parece haberse convertido en una dolencia crónica.

“Ahora no son los niños quienes desean ser mayores, sino los adultos quienes desean detener el tiempo y retrotraerse a esa edad mítica en la que supuestamente viven los niños”

Existen otros fenómenos que también manifiestan la pataleta del adulto por crecer: en la vestimenta, en la actitud, en la manera de enfrentarse a los problemas. El sentimentalismo patológico constituye, de este modo, uno de los síntomas de las sociedades que se niegan a madurar, como lo es la incivilidad, la inconstancia o el espíritu de rebelde inanidad que se ha adueñado de gente que frisa los sesenta.

Piaget, un estudioso de la infancia, distinguió las fases del desarrollo cognitivo por las que atraviesa el niño hasta alcanzar la edad adulta. La referencia al yo marca una de las primeras etapas y, según Piaget, madurar implica superar el egocentrismo.

Hoy, sin embargo, todo -desde la publicidad hasta los deportes, desde el trabajo hasta la cultura- nos conmina a instalar nuestro propio yo en el centro del mundo. Es de ahí de donde emana el infantilismo y la causa de tanta frustración existencial, puesto que crecer implica no solo reconocer la existencia de los demás y desplazar nuestro interés propio, sino aceptar que no todos los deseos se pueden cumplir. Y eso no debe deprimirnos; al contrario, nos tendría que llevar a disfrutar más de nuestra existencia. Cumplir años puede ser doloroso, pero es señal de que seguimos vivos.  

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