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¿Qué faltan: maestros o profesores?

Lo preocupante no es que hoy haya más profesores que maestros, sino que quienes lo son no tengan discípulos a los que estimular

"Las máquinas pueden sustituir al profesor sin quebranto alguno; pero la desaparición de los maestros mutila al ser humano y nuestra cultura".
photo_camera "Las máquinas pueden sustituir al profesor sin quebranto alguno; pero la desaparición de los maestros mutila al ser humano y nuestra cultura".

No es lo mismo un profesor que un maestro. Y eso muy poca gente lo sabe porque, aunque casi todo el mundo ha tenido profesores, muy pocos se han encontrado con auténticos transmisores del conocimiento. Normalmente, además, solo te das cuenta de que lo son mucho tiempo después. Incluso cuando es demasiado tarde para agradecérselo. 

Los maestros son escasos, como los tréboles de cuatro hojas. Y lo mismo que el amor, la amistad o una buena comida, los podemos encontrar donde menos lo esperamos. No solo en el aula. De hecho, lo que diferencia a un maestro de un profesor es que los ecos del primero salen por las ventanas del colegio, saltan las vallas y el tiempo, y se cuelan en el alma. De las lecciones del profesor, en cambio, nos desprendemos cuando las estampamos en la hoja y las olvidamos tan pronto como termina el examen. 

Aún así, sería difícil precisar exactamente lo que el maestro nos enseña. ¿Ecuaciones? ¿Sintaxis? ¿La lista de los reyes godos? No. Más bien se aprende de ellos un temple de vida, una forma de estar en el mundo. En su relación con el maestro, el discípulo no alcanza la verdad mediante el ejercicio intelectual, sino a través de un movimiento que activa todas sus facultades. El descubrimiento de un maestro es una experiencia completa, que compromete a toda la persona. 

Es tan complicado especificar lo que un maestro transmite que casi siempre recordamos anécdotas o circunstancias, en apariencia insustanciales, en las que se refleja su carácter. Así, Jordi Llovet, que fue durante muchos años profesor de Estética en la Universidad de Barcelona, recuerda, en un homenaje profundo y sentido, episodios de la vida de quienes le encaminaron por la senda de la sabiduría. 

En Mis maestros, publicado recientemente por Galaxia Gutenberg, ofrece cinco semblanzas de gigantes enciclopédicos como Riquer, Blecua o Valverde, a quienes no debe no únicamente un conjunto definido de conocimientos, sino una forma de pasear por el mundo, de entenderlo, llena de integridad y sentido.

Otro filólogo catalán, Francisco Rico, ha recopilado artículos y trabajos variados en Una larga lealtad (Acantilado), rindiendo tributo a personajes señeros en el ámbito de las humanidades que le han marcado profundamente.

De estos esbozos personalísimas y exquisitos que brindan, el lector puede espigar las virtudes del maestro auténtico, que con su propia existencia contribuye a forjar, de un modo indirecto, inopinado, el carácter de quien se dispone a abrevar en él el secreto de una vida recta, ejemplar y plena. 

Del maestro quedan los ademanes, los gestos. Es lo mismo que recordamos de los héroes, valientes como para anudarse a un mástil con tal de no sucumbir a los cantos de las sirenas. El maestro encarna, además de un ideal de vida, la pasión por el conocimiento y la vocación desinteresada. Cada uno tiene sus idiosincrasias, sus astillas -sus miedos, sus fobias-, pero si consideramos a alguien maestro es porque nos ha despertado a formas de vivir más dignas.

“El maestro encarna, además de un ideal de vida, la pasión por el conocimiento y la vocación desinteresada”

 

Al profesor se le obedece; al maestro, se le admira. Uno castiga; al otro, una salida de tono le decepciona. El profesor vomita información y la repite presuntuoso; el maestro cuida del alumnado con la delicadeza de una flor para que crezca y aspire a lo más alto. Por eso, las máquinas pueden sustituir al primero sin quebranto alguno; pero la desaparición de los maestros mutila al ser humano y nuestra cultura. 

Otro de los rasgos de los maestros, tal y como se desprende de las páginas de Rico y de Llovet, es la humildad, lo cual contrasta con la ostentosa puesta en escena de muchos profesores, que no solo alargan sus CV con cursos especializados -y, lo siento, bastante empobrecedores- que les entrenan en competencias extrañas y pedagogías esotéricas, sino que acuden a clase pertrechados de numerosos gadgets -ignoro para qué- o se ayudan de apps y presentaciones, lo que, al fin y a la postre, dificulta que se produzca en clase el milagro de la conversación, de la transmisión.

“Al profesor se le obedece; al maestro, se le admira. Uno castiga; al otro, una salida de tono le decepciona”

Llovet, crítico con la situación que atraviesa hoy la universidad, cree que la desaparición de la “lección magistral” y la pérdida de autoridad del maestro son algunos de los fenómenos que explican la hecatombe de la cultura. Muchos creen que la clase tradicional es una pérdida de tiempo y exigen que el docente se adapta al alumno, en lugar de reclamar que este último haga el esfuerzo por acomodarse a un mínimo rigor intelectual. De seguir esta tónica, el futuro no solo será funesto para los maestros, sino que los profesores pasarán a ser animadores sociales.

Con todo, cada vez tiendo a pensar que el problema no es tanto la falta de maestros como la escasez tan aguda de discípulos. Y eso no es cuestión de calificaciones, sino de pasión por la cultura y anhelo de conocimiento. Si Valverde fue un maestro para Llovet o Rico pudo beber de la infinita sabiduría de Riquer fue, sin lugar a dudas, porque sus lecciones caían en espíritus sedientos capaces de ser fertilizados por ese temple vital y la grandeza de espíritu de un verdadero maestro.

Primeras imágenes del rey emérito Juan Carlos I al llegar a España

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