Opinión

Pompa y circunstancia

Funeral de Felipe de Edimburgo.
photo_camera Funeral de Felipe de Edimburgo.

Da gusto presenciar cualquier ceremonia real británica. Ya sea una boda o un funeral, siempre cuentan con un acentuado sentido institucional, lo que incrementa tanto el orgullo popular. Con motivo de las exequias de Felipe de Edimburgo se ha vuelto a exhibir esa magistral clase, que no tiene rival en las monarquías mundiales. El extremo cuidado que ponen en cada detalle, la delicadeza a la hora de no alimentar innecesariamente el morbo o el exacto tratamiento protocolario basado en la tradición han sorprendido de nuevo, porque los ingleses son unos auténticos fenómenos en estas cosas.

Presenciar estas elegantes solemnidades vacuna contra tanta chabacanería que nos rodea. La zafiedad que sufrimos a diario, sobre todo en los medios de comunicación, ha llegado a niveles inaguantables. Por eso, la difusión de estos eventos tendría que ser repetida a diario, para que dispusiéramos de otros modelos infinitamente más inspiradores que los que nos ofrece a diario esa ordinariez en buena medida impuesta.

Apoyar estas manifestaciones de ardor patriótico no es defender ningún elitismo decimonónico o anacrónico, porque el esplendor regio anglosajón se ha ido nutriendo a lo largo de los siglos de múltiples aportes no necesariamente de alcurnia. Edward Elgar, por ejemplo, fue un católico de origen muy humilde alejado del boato de la corte, y que pese a ello llegó a convertirse en uno de los compositores de cabecera de la familia real. Su celebérrima Pompa y Circunstancia fue adaptada precisamente para la coronación del primer Windsor, Eduardo VII. 

Cada vez que he viajado al Reino Unido me he encontrado con un hondo sentimiento de amor a su monarca. Su trayectoria impoluta a lo largo de tantos años es reconocida en cada hogar, porque la reina ha sabido estar siempre en su sitio, aún en las peores coyunturas. Isabel II es patrimonio de cada familia inglesa, porque allí la consideran parte indisoluble de sus vidas y anhelos ciudadanos.

Cuando el titular de una monarquía reúne esas excelsas características, no hay régimen que lo supere, escribió Montesquieu. Y también podría defenderse la versión contraria, porque la ausencia de ejemplaridad real suele convertirlo en el peor de los sistemas. De eso sabemos aquí algo, porque lo hemos padecido, aunque es justo reconocer también que nuestra institución monárquica ha sabido caer pronto en razonables manos.

En la versión cantada de Pompa y Circunstancia, se deja dicho: “querida tierra de la esperanza, tu esperanza está coronada (…) tus leyes iguales, para la libertad ganada, te han gobernado bien y por mucho tiempo. Para la libertad ganada, para la verdad sostenida, tu imperio será fuerte. Tierra de esperanza y gloria, madre de los libres”. Sobre esos cimientos sólidos se asienta la gran soberanía británica, esa que sigue deslumbrando a propios y extraños, ejerciendo su fuerte liderazgo desde la normalidad y discreción en las formas, algo siempre tan esencial cuando de se trata de una jefatura de Estado.

Vestirá muy rancia y tendrá escasas dotes de empatía, pero en Londres saben que tienen vivita y coleando a una de las mejores monarcas de todos los tiempos. 

¡Que Dios salve a la reina!

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