Opinión

Roland Garros

Rafa Nadal, tras ganar Roland Garros por duodécima vez.
photo_camera Rafa Nadal, tras ganar Roland Garros por duodécima vez.
Una primavera sin la arcilla de París es como un verano sin Georgie Dann. La verdadera dimensión de que las cosas no acaban de ir como debieran se mide en la cancelación de magnas citas deportivas como esta, que tanto ayudan a hacernos la existencia más llevadera. Las últimas rondas de la Champions, el final de las ligas, Wimbledon o el Tour de Francia están ligados también a estos momentos del año, y su no celebración o postergación nos deja a unos cuantos sin referencias importantes, porque no solo de pan vive el hombre.

Estas competiciones solían coincidir con el término del curso escolar o universitario, y por eso las recuerdo con cierto regusto agridulce. Basta que tuvieras que estudiar para que te perdieras un apoteósico duelo de primera ronda o que lo hicieras de forma interrumpida, empollando y viéndolo a medias. El diferido nunca ha podido desplazar al directo, y esas constantes salidas de la habitación para seguir el resultado de un partido nunca contribuyeron demasiado a la necesaria concentración para preparar un examen.

Guardo en la memoria duelos inolvidables del Garros. Y jugadores imborrables. Aparte de los que siguen en activo, pienso ahora en Borg, Lendl, Wilander, Vilas, Courier o Muster, entre un ciento más que han hecho auténtico arte en las pistas del bosque de Bolonia. Los nuestros protagonizaron auténticas gestas allí, como aquella gloriosa de Arantxa Sánchez Vicario con Steffi Graff de 1989 o las que continúa exhibiendo año tras año el que debiera ser desde hace tiempo Duque de Manacor. O Virrey de Baleares.

Las “ratas de tierra” españolas bailaron por soleares durante décadas en la Philipe-Chatrier o en la Suzanne Lenglen. Y en no pocas ocasiones con el público Galo en contra, aunque justo es reconocer que acabaron sucumbiendo a nuestra fuerza tenística. Santana, Gimeno, Orantes, Bruguera, Moyá, Costa, Ferrero, Corretja, Berasátegui, Ferrer, Conchita Martínez o los citados Nadal y Arantxa, grabaron su nombre en el polvo parisino, pero otros muchos hicieron allí formidables torneos, como el de Galo Blanco, meritorio cuartofinalista en 1997.

Por echar de menos, se hace hasta extraño no poder ver en la esquina izquierda de la pantalla a Tiriac, con su particular bigote rumano, su rictus cabreado y sus gafas de sol. O los distinguidos sombreros blancos de celebridades y las tomas ralentizadas de los golpes magistrales de raquetas prodigiosas. Todo eso que parece una tontería se siente mucho cuando falta, y no lo logran suplir imágenes enlatadas de pasadas ediciones.

Los Borg y Lendl o los encuentros de este último con Wilander; los míticos Nadal-Federer; los encuentros fratricidas entre españoles; las genialidades imprevistas de Santoro o la elegancia zurda de Leconte; los constantes fracasos de los campeones de las superficies duras o de hierba en la tierra batida parisina; la simpatía y marcialidad de los recogepelotas y jueces de línea; las suspensiones por la lluvia; los morbos de enfrentamientos entre quienes mantienen rivalidad más allá de las pistas; los alaridos de algunas famosas tenistas o los espectaculares dobles de los hermanos Bryan convierten a las dos semanas de los campeonatos internacionales de Francia en unas fechas en el calendario decisivas, de esas que se echan de verdad en falta.

Añoro mucho Roland Garros, y sobre todo la bandera española ondeando al viento de París con la imagen de unas lágrimas de emoción de Rafael Nadal mientras suenan los acordes de nuestro himno nacional.

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