Opinión

Ante el autoanunciado fin de vida de Cesare Cavalleri

Cesare Cavalleri.
photo_camera Cesare Cavalleri.

Apelo a la comprensión de los lectores al escribir públicamente sobre un hecho tan personal e irrepetible. Andaba pensando en el tema de mi columna semanal, cuando me sentí de veras colpito ante la noticia que leí en el diario milanés Avvenire. En la sección Il direttore risponde, Marco Tarquinio reproduce una carta de Cesare Cavalleri; le dice con una sencilla finura que no es preciso traducir: “Carissimo direttore, / i medici mi hanno graziosamente comunicato che mi restano 9 settimane di vita”. 

No sabía que estuviera enfermo, ni menos aún con tan gravísimo pronóstico. No podía imaginarlo tampoco, tras leer su editorial de Studi Cattolici de noviembre, sobre la gran orientación –la “estrella polar”- del gobierno Meloni en relación con la familia. La sobria composición del texto ofrecía como novedad un recuadro a modo de recordatorio del 24 de febrero, fecha de la invasión de Rusia a Ucrania; con una mínima nota al pie: a partir de ahora, con independencia del tema del editorial, aparecerá ese memento del comienzo de la guerra: “para no olvidar”. Sólo me había extrañado que su rúbrica semanal de Avvenire no se hubiera movido desde la del 9 de este mes sobre la condesa de Castiglione.

He mantenido una larga amistad con Cesare, primero a través de la revista mensual que dirige desde hace 57 años –me considero entre sus fidelissimi lectori-, antes de conocerle personalmente, y tener ocasión de largas y distendidas conversaciones cuando coincidíamos en Roma por motivos diversos. Mucho debo a su palabra y a sus escritos. Y no puedo escribir de otros temas, mientras no redacte estas líneas de amigable adhesión que, en gran medida, serán traducción de su carta a Tarquinio y de la respuesta de éste.

Reconoce Cesare que no se esperaba el pronóstico médico, pero toma nota y se dispone a concentrarse gustosamente (volentieri) en la preparación inmediata del gran salto. Precisa que comenzó la preparación remota en la adolescencia, no sin altibajos. Tal vez lo aprendió de san Josemaría Escrivá, “un santo molto caro a Cavalleri”, como ha escrito Stefano Chiappalone, que cita Forja 1038: “Siquiera una vez al día, ponte con el pensamiento en trance de muerte, para ver con esa luz los sucesos de cada jornada. / Te aseguro que tendrás una buena experiencia de la paz que esa consideración produce”.

En este momento crucial, Cesare reconoce que se ha dedicado en su vida sobre todo a Edizione Ares y a Studi Cattolici. Pero añade que ha sido importante también para él profesional y humanamente la colaboración con Avvenire desde su primer número. No le seguí en sus quince años de crítica de televisión, pero sí en sus posteriores rúbricas Persone & Parole y la actual Leggere, rileggere, una reseña de libros que combina aguda y brillantemente historia y actualidad. Agradece la libertad que ha tenido siempre, así como, nominatim, el trabajo de los redactores encargados de editar sus colaboraciones y de comprender sus eventuales manías. Y concluye: “Dal Cielo (se, come spero, Cielo sarà) la grande famiglia di ‘Avvenire’ no sarà da me dimenticata”.

El director del diario se hace eco públicamente de ese “addio che è un vero colpo in forma di lettera”. Realmente, Cesare escribe esta vez de sí mismo con su inconfundible estilo, caracterizado por el sentido lírico de tantas expresiones, incluso al abordar temas más bien enojosos. Y así, como reconoce Tarquinio, hace sentir ahora ese gran salto de la muerte como un paso natural e inevitable, a la vez distendido y firme. 

Realmente, las palabras de Cesare reflejan el hondón de una biografía interior muy profunda, confirmada por su temple dialogante y sereno en su dedicación al periodismo, a la crítica, a la edición, que no excluía el análisis riguroso de las ideas y la confrontación leal con quienes pensaban de otra manera. Para mí, siempre será un ejemplo incomparable de cómo dirigir una revista de estudios católicos –mancheta impuesta por circunstancias que no son del caso- con una plenísima y fecunda mentalidad laical. Nunca olvidaré aquel texto de 1975 justamente titulado, y por desgracia vigente, Il clericalismo è duro a morire.

 
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