Opinión

El redescubrimiento del bien común no debería ser pasajero, porque fortalece la libertad

Equipo sanitario frente al coronavirus
photo_camera Equipo sanitario frente al coronavirus

Leo en La Vanguardia del domingo un buen resumen de las medidas adoptadas en el mundo para luchar contra la pandemia. Ciertamente, el diario catalán sigue fiel a su tradición de cuidar la información internacional con una excelente red de corresponsales. Pero llamo la atención sobre el titular: “El mundo frena en seco: las medidas contra el Covid-19 implican perder libertades”

         Aparentemente es así. Pero otros observadores vienen subrayando un fenómeno positivo en la actual crisis: el redescubrimiento del concepto clásico de bien común. Esta tendencia positiva –presente siempre en algunas tradiciones filosofico-jurídicas- resurgió hace unos años. Lo señaló Jean Tirole, Premio Nobel de Economía 2014, que tituló en 2016 su primer libro dirigido al gran público La economía del bien común, traducido al castellano en 2017. Algún tiempo después, en Francia, cincuenta juristas, economistas e investigadores lanzaron un manifiesto para proponer la inscripción del “bien común” en la Constitución.

         En ese momento, no se distinguía bien quizá entre bien común e interés general; como tampoco hoy se detecta un sentido profundo de la libertad, cuando se consideran pérdidas una decisiones libres que justamente aseguran objetivos de carácter colectivo, frente al individualismo omnipresente en la cultura social y política contemporánea; no digamos en las corrientes principales del capitalismo y de la economía liberal. También Tirole –como los autores del manifiesto de 2018- parecía depender de modelos económicos de corte consecuencialista o utilitarista, según la percepción de Antonio Argandoña.

         Los autores del manifiesto trataban de impedir que el consejo constitucional francés echara abajo leyes que ellos consideraban a la altura de los tiempos: perfilaban algunas libertades básicas para luchar contra el fraude fiscal, las modernas esclavitudes o los “ecocidios” (acentuando el perfil de los ya tipificados delitos ambientales).

         En el fondo, el bien común no se opone a la libertad, porque, aunque parezca tautología, sin libertad no puede haber bien común: la primacía corresponde siempre a la persona, centro gravitatorio de toda convivencia pacífica basada en la coparticipación. Así lo valoramos algunos, al observar estos días la gran campaña propagandística de China en occidente –incluido apoyo médico y técnico-, mientras expulsa corresponsales extranjeros y encarcela a intelectuales y profesionales más o menos disidentes. El control informático a través del reconocimiento facial, que se presenta como recurso contra la expansión del virus, puede ser, si no lo es ya, la gran manifestación de un exterminio masiva de las libertades: un auténtico “liberticidio”.

         Por tanto, hay que entender bien las llamadas de los líderes políticos a la unidad de todos –gobernantes y ciudadanos- para vencer en una guerra sin cuartel contra un enemigo llamado Covid-19. No deja de ser inquietante que cierta grandilocuencia difumine los propios errores, como para compensar los descensos en la popularidad, antes y después de la pandemia. Sin duda, es necesario asumir la necesidad de medidas costosas, con plena responsabilidad –es decir, con plena libertad-, porque está en juego la vida de los demás. De hecho, muchas poblaciones habían adoptado decisiones exigentes, antes de que Donald Trump procediese a la “personificación” de “América”; o Emmanuel Macron llamase a esa especie de mito histórico francés de la “union sacrée”: esos discursos están siempre a un paso de las posiciones populistas.

         Para pensar en el bien común, me gusta mucho la palabra latina universitas, que incluye el todo y a cada uno: se comprende, por eso, que permanezca como genérico de las grandes academias de la enseñanza superior; es más, si algún día triunfase la actual tendencia empobrecedora de las diferencias que rige en tantos colleges de Estados Unidos, no podrán llamarse ya en justicia universidades. Se transformarán en simples centros, como aprendí en Álvaro D’Ors, “de tercera enseñanza”.

         Muchas cosas van a cambiar en el porvenir. Me parece lícito temer que los líderes se acostumbren a prácticas de prevención y vigilancia adoptadas en términos de eficacia. De ahí la necesidad de repensar el concepto de bien común, distinto del interés colectivo. No es cuestión de eficacia, sino de dignidad de la persona. Me limito hoy a apuntar un tema, que podría servir para crecer en el futuro dándole vueltas en estos días de cuarentena

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