Opinión

Pero qué universidad quiere Europa en el siglo XXI

Universidad de la Sorbona.
photo_camera Universidad de la Sorbona.

En plena campaña de las elecciones europeas, la cadena Arte ha difundido un largo documental de Angeliki Aristomenopoulos et Andreas Apostolidis sobre el papel que ha desempeñado el programa Erasmus durante los últimos años, para favorecer el entendimiento entre los pueblos y la integración en Europa. Sus beneficiarios han sido sobre todo estudiantes universitarios, pero también profesores y alumnos de formación profesional: www.arte.tv/fr/videos/088474-000-A/les-enfants-d-erasmus/.

No faltan críticas sobre la eficacia real del programa, que es, sin duda, el mayor esfuerzo histórico realizado para la movilidad de los universitarios: reflejo y causa, a la vez, del fenómeno de una juventud cada vez más pluricultural y políglota, y de la libre circulación de personas en el ámbito de la UE. Los participantes en el programa suelen ser entusiastas, y contrastan con las quejas al uso de euroescépticos más o menos populistas.

El nombre del programa evoca la necesidad de activar los elementos de una cultura común, como la que se dio en el Renacimiento entre los humanistas, de nacionalidades tan diversas como Tomás Moro, Luis Vives o el propio Erasmo de Rotterdam. Pero, en gran medida, esos buenos deseos juegan en sentido contrario a las reformas universitarias de los últimos años, cada vez más teñidas de pragmatismo, paradójicamente amparadas en el nombre de Bolonia: si el maestro Irnerio levantara la cabeza… Pasar unos meses en un país diverso al propio no necesariamente contribuye a fortalecer objetivos culturales de carácter muy secundario en los actuales sistemas de enseñanza.

El problema se observa también en el despliegue del sector privado junto a las universidades públicas un tanto “napoleónicas”, no sólo en Francia. No deja de crecer el número de centros y de alumnos. Según datos de 2015 (Aceprensa 16-V), uno de cada tres universitarios en el mundo estudia en centros privados. No es menos amplia la oferta de diplomas y títulos, con frecuencia distintos de los públicos, que tienen una diversidad impensable hace apenas veinte años.

Existen viejas y nuevas universidades no estatales en muchos países, con un prestigio y una tradición semejantes a las públicas. Sin embargo, el actual crecimiento de esas instituciones podría deberse al predominio de objetivos fundamentalmente profesionales, que se manifiesta en la especialización de los programas. Atienden de modo ágil y flexible a necesidades sociales concretas, demandadas por los sectores industriales y empresariales. O responden a rasgos de las mentalidades jóvenes que valoran más que sus antepasados el arte, el diseño, la capacidad de animación cultural, la comunicación, también mediante las nuevas tecnologías, incluso la gastronomía.

Así, entre los promotores de los centros privados, están no sólo organismos autónomos –tipo cámaras de comercio-, fundaciones y asociaciones sin ánimo de lucro, sino auténticas multinacionales de la formación: operan en muchos países, y actúan competitivamente en lo que llaman “mercado mundial de la educación”.

En realidad, la universidad napoleónica tenía un planteamiento más profesional que estrictamente académico y científico. Pero hoy acucia la necesidad de reflexionar sobre la misión de la Universidad, tan debatida en los años cincuenta. Las necesidades sociales pueden coincidir con las expectativas de los más jóvenes de enriquecer su curriculum vitae para un empleo futuro. Pero no basta la flexibilidad para armonizar objetivos a corto plazo, según la evolución del trabajo, con la necesidad de fortalecer la cultura y atender a la formación científica básica, también como requisito para la inserción en actividades cambiantes: las técnicas se suceden aceleradamente, pero la capacidad de entender y aplicar las nuevas depende más de lo que parece del tradicional estilo universitario. Como señalaba Álvaro D’Ors, la universidad no es una tercera enseñanza…

Al repensar el problema, he recordado el manifiesto sobre la Universidad del siglo XXI, promovido por el Rector Rafael Puyol, que firmaron en Madrid-Alcalá, en 1999, catorce Rectores de famosas instituciones universitarias, incluidas dos de fundación hispana en América. Desde la autonomía y la responsabilidad social, se debía armonizar lo universal y lo particular, en tantas facetas: calidad que evite la masificación; apertura a nuevas disciplinas; fomento de una “ciudadanía mundial”; movilidad de profesores y alumnos; solidaridad y cooperación internacional; expansión del saber, también para la defensa auténtica –sin estereotipos- de las minorías,

El manifiesto de Madrid-Alcalá deseaba “promover la sabiduría como objetivo último de la educación”. Habría que volver a considerarlo en ese posible pacto para la educación del que tantos hablan. Importa –pienso- recrear las universidades como lugares en que se investiga y desarrolla la ciencia, y se enseña a aprender, con una dimensión ética que asegure, con nuevos modelos de desarrollo, la forja de “un mundo de paz, libertad, desarrollo y solidaridad”.

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