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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Ni se compra ni se vende… el voto de los diputados

Dña. Leticia Ortiz, Reina de España visita el CPEIP Ntra. Sra. del Patrocinio de Milagro. acompañada de la Ministra de Educación Dña. Isabel Celáa y la Presidenta de la Comunidad Foral de Navarra Dña. Maria Chivite.
photo_camera Los diputados de UPN Sergio Sayas y García Adanero

Ni se compra ni se vende/el cariño verdadero”. Así repetía una vieja copla española que alcanzó bastante éxito, y que llegó a cantar Manolo Escobar.

Evidentemente, lo de ni se compra ni se vende no es de aplicación al sagrado voto de los diputados. En el Congreso, sede de la soberanía nacional nada menos, se compran y se venden. Y a veces se alquilan. Y eso continuamente. En ocasiones, por precios verdaderamente ridículos.

Entiendo, por supuesto, la negociación parlamentaria, la firma de pactos, las transacciones políticas. Son inevitables. Y hasta necesarias en tantos momentos. Pero me sonroja el cabildeo para todo porque todo esté en almoneda. Todo.

Lo de la famosa frase atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero, si no le gustan, tengo otros”.

Sigo con la copla española, que dice: “No hay en el mundo dinero/para comprar un querer”.

Respecto a los votos parlamentarios, aquí, no solo hay dinero, sino que hay mucho dinero. En efectivo, como son inversiones, obras públicas y ubicación de industrias, pero también compensaciones políticas, aprobación de normativas legales. Y hasta campañas de imagen.

Hablando de precios, el PNV no ha apoyado la reforma laboral. Como de costumbre, de nuevo su voto estaba a la venta. Pero en esta ocasión el precio que habían puesto, el mantenimiento de convenios laborales de ámbito autonómico, por lo visto resultaba demasiado caro para el Gobierno.

Aunque hay precios y precios. Arnaldo Otegi reconoció que apoyaría a Sánchez para sacar adelante los Presupuestos. ¿A cambio de qué?  

El coordinador de EH Bildu fue muy claro: "Tenemos 200 presos en la cárcel. Si para sacarlos hay que votar los Presupuestos, votaremos". Los votaron. O sea que alguien les garantizó el pago exigido. ¿Alguien? Deduzco que el Gobierno. ¿Quién, si no?

 

Tan está en mercadillo el voto, que los Comunes catalanes llegaron a amenazar con que, si ERC no apoyaba la reforma laboral, romperían en Cataluña la coalición de gobierno con Esquerra.

Tenemos también el voto extorsionado. Acaba de ocurrir en la convalidación del decreto ley de la mascarilla obligatoria, que los señores diputados se han visto forzados a aprobar porque en el mismo paquete el Gobierno incluyó, de forma torticera, la paga extra a los pensionistas.

La coyuntura era clara. Si votaban en contra de la convalidación, dejaban a los pensionistas sin ese dinero. Un específico caso de chantaje en el voto, que sin embargo los grupos parlamentarios asumieron. Votaron con la nariz tapada.

Y ahí está la frescura de la vicepresidenta Yolanda Díaz, que se dedicó a descalificar a Ciudadanos como posible e indeseable apoyo a su reforma laboral, y finalmente ha tenido que aceptar sus votos malditos para sacarla adelante.

Casi una desvergüenza lo de la vice, porque aquellos insultos se han convertido en un “sois los mejores”, que transmitió por teléfono al portavoz Edmundo Bal. Vuelvo a Groucho Marx: por lo visto, eso se llama tener principios.

¿Y el tan elogiado voto, por algunos, de los diputados de UPN Sayas y García Adanero? Elogiado, lógicamente, por quienes estaban contra la reforma laboral.

Desde mi punto de vista, obraron con deslealtad, en la medida en que engañaron a la dirección de su partido haciéndoles creer que se pronunciarían a favor. Hasta el último minuto, es decir hasta el momento de emitir el voto, mantuvieron en secreto lo que iban a hacer. Que era lo contrario de lo que habían dado a entender y a lo que se había comprometido su partido. En un caso más, por cierto, de votos en venta. Por una o por otra parte.

En otra ocasión UPN permitió que su apoyo sacara adelante unos presupuestos socialistas. Fue con José Luis Rodríguez Zapatero. Como contrapartida, la llegada de la alta velocidad a Pamplona, algo que supondría una clara mejora en sus comunicaciones.

Aquella promesa quedó en nada porque el siguiente gobierno navarro, con la nacionalista Uxue Barkos, no lo reclamó. Motivo: un amplio sector del abertzalismo sigue siendo partidario del transporte en carreta de bueyes.

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