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Los mil complicados días de Felipe VI

Cuando, el 1 de junio de 2014, se anunció por sorpresa la decisión del rey Juan Carlos de abdicar en su hijo Felipe, un escalofrío recorrió la espina dorsal de no pocas personas en este país. Uno de ellos, el que esto escribe.

Muchos empezaron a temer una fractura telúrica en nuestro sistema institucional, construido desde la muerte de Franco y el advenimiento de la democracia, por la desaparición de una figura como la del monarca reinante, dada su personalidad y ejecutoria. Adivinaban un espasmo tal que incluso podría llevar al fracaso lo conseguido hasta ese momento.

No faltaron quienes pronosticaron que se estaba dando un salto en el vacío, un salto hacia no se sabe dónde. ¿Cómo acabaría un movimiento tan inesperado, esa abdicación, que nadie por otra parte había diseñado ni preparado? ¿Qué consecuencias tendría el relevo en la cabeza de la monarquía que había encabezado este país durante casi cuarenta años?

La cuestión, la duda, no era tanto si el príncipe tenía condiciones para asumir la Jefatura del Estado, a la que se respondía que estaba preparado, sino sobre si no sería demasiado pronto. De si las difíciles circunstancias del país no aconsejaban esperar un poco más, en lugar de precipitarse. Pero la abdicación se produjo, de manera súbita, y, por cierto, a bastante velocidad en los trámites. Como si tuvieran prisa en acabar.

Verdad es que esa no era la sucesión que Juan Carlos había imaginado y deseado desde siempre. Muy pocos días antes del anuncio oficial, en Zarzuela seguían repitiendo aquello de que la tradición y costumbre de la monarquía en España es "la sucesión natural", o sea, por fallecimiento de su titular. Y, por tanto, seguir aplicando lo de "a rey muerto, rey puesto".

No había, pues, en La Zarzuela la menor voluntad de ir a una abdicación. Todo lo contrario. No obstante, en el país se iban acumulando circunstancias indeseadas y sobrevenidas, como la grave crisis económica y política, con el riesgo de una intervención internacional. En relación con la propia Familia Real, otras como el escándalo de la cacería en Botswana. Como las acusaciones de corrupción económica a Iñaki Urdangarín, que castigaban la imagen de la infanta Cristina y por tanto de la propia institución. Y, como resultado y resumen, la caída de la valoración de la monarquía en las encuestas, hasta situarse en zonas de suspenso.

Todo eso dibujaba un panorama ingrato y delicado. Pero, con todo, don Juan Carlos creía que podría superarlo. Aquello -pensaba- no justificaba una abdicación.

Lo que al final resultó decisivo fue su penosa limitación física, algo que además ya no tenía remedio médico posible. El monarca se dio cuenta de que un rey disminuido, impedido para caminar, agarrado a unos bastones, no podía encabezar un país que necesitaba liderazgos máximos para intentar salir de una profunda crisis. Y se convenció de que, con esa lastimosa imagen, no era recuperable la valoración de la monarquía, aunque lo había intentado con unos últimos viajes al exterior penosos y extenuantes. 

La sucesión se produjo. Conducida paso a paso, ejecutada con prudencia y hasta con precauciones. Fueron aquellos momentos en que, para el nuevo rey, para la nueva reina, y en general para todos en la Casa, se impuso el principio "lo importante es no equivocarse". Que todavía sigue vigente, aunque con algo menos de complejo.

Han pasado mil días desde aquella sacudida. Un millar de días complicados. Y cabe intentar un principio de balance. Sin entrar en detalles, que harían demasiado largo este escrito, puede pergeñarse un resumen: las cosas marchan. No se ha producido ningún terremoto. La figura de Felipe VI se ha asentado entre la ciudadanía, hasta el punto de que ya nadie se confunde cuando hay que citar al rey. Ha lidiado con nota el proceso para nominar candidato a la investidura. Los españoles se sienten cómodos con la real pareja. La discusión sobre el dilema monarquía-república ha desaparecido. La valoración de la monarquía ha subido más de diez puntos en las encuestas.

Volviendo a aquel 1 de junio de 2014, y aludiendo a la suma de intuiciones decisivas que acumuló Juan Carlos I en el trono, que se visualizó por ejemplo con la elección de Adolfo Suárez, la última ha sido precisamente el cuándo y el cómo de la sucesión. Deseada o no, diseñada o no, se ha constituido en el éxito final de su reinado.

Porque el mejor balance que podría desear, el mejor resultado de su reinado, en su faceta institucional como rey de España, es precisamente que su hijo le haya sucedido y se haya asentado de forma clara.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena