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La crucifixión de Antena 3

La semana pasada, Antena 3 lanzó un programita nocturno que nace con un objetivo ambicioso: competir con el ‘Salvame Deluxe’ de Telecinco, ahí es nada. Se llama ‘Los viernes al show’ y el día de su estreno ofreció una parodia de ‘La vida de Brian’: mostró a Melendi (el invitado) y a los presentadores, Manel Fuentes y Arturo Valls, crucificados.

Fue todo muy liviano y muy ‘light’. Los tres artistas cantaban en plan karaoke las bondades de la noche en la televisión del Grupo Planeta. Nada comparable a lo que emitía a esa misma hora la cadena rival. Cuentan que Telecinco debatía concretamente la medida del miembro viril del ex marido de la hija de la Pantoja. Droga dura contra balas de fogueo, vamos.

Sin embargo, vuelvo sobre el asunto para poner sobre la mesa un debate: ¿Tiene límites el humor? ¿Se debe poner coto a la libertad que exige la creación de cualquier obra de arte? ¿El cómico debe tener carta blanca? ¿Es la transgresión otra forma de belleza?

A mí me parece muy bien que haya risas, crítica, autonomía, aire fresco, incluso sátira. Pero creo que una sociedad que se precie debe ser capaz de combinar estos elementos con el respeto a las personas y sus creencias, algo que se les debe a todos: sean quienes sean, piensen como piensen, acierten o se equivoquen.

Este asunto de la crucifixión permite echar una pensada de nuevo sobre este asunto. Es pertinente porque, a mi juicio, a veces se utilizan dobles varas de medir sobre esta cuestión. Les pondré un ejemplo.

Cuando hablo a los alumnos de Periodismo sobre las virtudes y riesgos de las redes sociales, suelo citarles lo que sucedió hace tres años con un famoso cineasta español llamado Nacho Vigalondo.

Este señor decidió un día hacer una broma en Twitter. Aprovechando que acababa de superar una cifra redonda de seguidores, no se le ocurrió otra cosa para celebrarlo que publicar el siguiente tuit:

-- “Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El holocausto fue un montaje!”.

El propio Vigalondo explicó días después que todo había sido un simple experimento divertido: hacerse pasar por un villano que llevaba años engañando a sus seguidores haciéndoles creer que era un cineasta para –una vez alcanzado el éxito- armar el caos con irreverencias soltadas en público.

La explicación no le sirvió de mucho: aquel tuit se le fue de las manos. Nadie pilló el chiste y le llovieron durísimas críticas en la propia red social, hubo quejas de seguidores agraviados, la prensa digital se hizo eco de la polémica... y todo acabó explotándole en la cara.

El diario El País lo había contratado por aquellas fechas para una costosa campaña publicitaria sobre la nueva versión iPad del periódico. Había entregado un ingenioso corto cinematográfico presentando la edición digital del diario. Los directivos del Grupo Prisa encabezados por Nicolás Berggruen, ¡de origen judío!, ordenaron retirar sus vídeos, le obligaron a escribir una disculpa pública entre las cartas al director, la defensora del lector escribió un artículo pidiendo perdón ante la audiencia y hasta su blog personal fue eliminado de la web.

El juego de la transgresión le costó caro a Vigalondo. Y a mi juicio, demostró que, efectivamente, en determinadas circunstancias, el humor sí tiene un límite.

Creo que no es malo que así sea, porque mejora la sociedad. No es ni cortedad de miras, ni dictadura, ni un ataque a la creatividad y el arte. No es mojigatería. Ni un atropello. Es simple deseo de construir una sociedad tolerante y abierta. Algo que exige un delicado respeto a los que son distintos a uno mismo.

Se puede discrepar, impugnar, hacer chanzas y hasta denunciar en comisaría. Pero sin ofender. No es tan difícil... ¿O sí?

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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