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Los embustes del pequeño Nicolás

Coincidirán conmigo en que el culebrón del pequeño Nicolás da para una película, una serie por entregas y varios programas de telerrealidad. Lo de este chico no tiene parangón: jugó a conseguidor, buitre, lobista y tiburón, se sirvió de atajos falseando identidades y engañando a medio mundo, y ahora lo va a pagar muy caro.

Pero hay un detalle significativo. Cuando se han ido conociendo los pormenores de la vida del pequeño embustero, he visto bastantes comentarios insistiendo en lo inaudito del caso. Como si se tratase de algo de otro planeta: imposible encontrar algo así en nuestro barrio, cerca de nuestro entorno.

Entonces me vino a la cabeza una historia que me contó hace dos años un viejo amigo. Me lo encontré en julio de 2012 después de mucho tiempo y me sorprendió su estado de ánimo: estaba desolado.

Se acababa de enterar de que su hijo, que debía licenciarse con honores pocas semanas después, no había superado de hecho ni segundo curso de carrera. ¡Llevaba tres años mintiendo en casa!

El pastel se acababa de descubrir, me dijo, cuando era ya hasta físicamente imposible esconder más el engaño. Admitía mi amigo que tanto su mujer como él mismo, habían sobrevolado últimamente por la vida de su retoño quizás a demasiada altura, sin mucha atención ni escrupulosidad.

Pero es que... se fiaban de él. Nunca les había dado motivos para dudar de su sinceridad. Nunca fue un chico mentiroso.

La farsa se vino abajo, me explicó, porque llegaba el momento de afrontar el acto de licenciatura y la teórica búsqueda de trabajo. Pero también porque el chaval no podía más. Se encontraba asfixiado tras tantos años interpretando un papel, viviendo otra vida, disimulando.

El pequeño confesó después que todo empezó por una mentirijilla pequeña, un detalle poco importante: sólo pretendía salvar un plan de verano demasiado tentador. Se inventó un aprobado en la Universidad que había sido un suspenso y, a cambio, pudo disfrutar de un idílico retiro en la playa con los amigos. No parecía grave.

Pero aquello que empezó como un juego, se convirtió en un modo de vida: efectivamente, las cosas resultaban mucho más fáciles (y divertidas) fingiendo aprobados que eran cates o camuflando directamente unos “no presentado”. Cuando la bola fue creciendo, surgió el cargo de conciencia. Y ahí empezó el infierno: cada día que pasaba era más difícil pararlo todo.

Según admitió a sus padres, el miedo a reconocer la verdad y sufrir las consecuencias imperaba sobre el deseo de arreglar las cosas, de ser franco, de liberarse de la pesada carga y empezar de nuevo. Siempre era más fácil alargar la farsa anunciando otro curso inmaculado de pega, que coger el toro por los cuernos.

La historia –sobrecogedora- dejó heridas de consideración y alguna secuela importante. La familia quedó muy tocada. Fue un trago duro de digerir.

Recuerdo la conclusión que sacaba entonces mi amigo: “las pequeñas mentiras sin importancia terminan por ser muy importantes”.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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